lunes, 25 de junio de 2012

523.- Las espartanas








Las espartanas


Según nos narra la historia, los espartanos iban al combate dispuestos con una alegría y un orgullo inmenso en el corazón. Eran hombres de honor, valientes, señores de la guerra, capaces de dar su vida por la libertad de su pueblo. Pero…, ¿sabemos cómo eran las madres, esposas, compañeras de estos hombres….?

Esparta

En la Grecia Clásica, la mujer se ocupaba en el mejor de los casos de organizar la casa y acudir a los actos religiosos. El matrimonio ocupaba un lugar esencial en la vida de la ciudad ya que a través de los hijos se transmitían la ciudadanía y las propiedades. Pero la mujer, por lo general, no podía ser propietaria de bienes y su poder era nulo.

Sin embargo en Esparta la situación era diferente en aspectos muy importantes. La mujer se encargaba de organizar la casa y las tierras. Se encargaba de la educación de los hijos hasta los 7 años, pero vivían también de puertas hacia fuera. Podían ser propietarias de tierras y su opinión era muy tenida en cuenta entre los hombres.

El origen de Esparta se atribuye al legislador Licurgo. Según el historiador Plutarco, Licurgo se embarcó en un viaje con la intención de conocer las costumbres de las ciudades que él entendía mejor gobernadas. Después, las mejores costumbres las aplicó en Esparta.


La intención de Licurgo fue crear un estado donde reinara la justicia y sus ciudadanos fueran felices. Curiosamente, no dio Licurgo leyes escritas porque creía que la felicidad y la virtud se deben basar en las costumbres y aficiones de los ciudadanos y no en la necesidad. Es decir, que el buen uso y mantenimiento de las leyes estaba basado únicamente en la educación.

La educación se basaba en la superación de uno mismo. Y la disciplina era lo que le daba eficacia a ese sistema educativo.

Los espartanos eran educados para ser valerosos en la batalla, pero tenían unos sentimientos muy refinados, ellos honraban a sus abuelos con un respeto que llamó la atención de toda Grecia y amaban a sus madres con una intensidad conmovedora.


Las mujeres espartanas

Las mujeres espartanas, desde muy jóvenes ejercitaban sus cuerpos en correr, luchar, lanzar el disco y tirar con arco. Con la intención de que de unas mujeres fuertes y robustas nacieran hijos fuertes y vigorosos y además para que pudieran aguantar mejor los partos. Con la intención de que no perdieran con estos ejercicios su lado más femenino, también danzaban y cantaban.

Las espartanas eran las únicas en Grecia que vestían un peplo arcaico sin coser por los costados. Las espartanas enseñaban las piernas al caminar, algo vergonzoso para los atenienses de aquella época. Sin embargo, para los espartanos no lo era. De hecho, las mujeres espartanas, al igual que ellos, acostumbraban a realizar sus ejercicios de gimnasia desnudas o semidesnudas sin que esto supusiera ninguna vergüenza por parte de nadie. Simplemente era una costumbre más.

Las competiciones deportivas eran mixtas y se dice que ningún espartano se avergonzó nunca de ser vencido por una mujer. La espartana fue la única mujer en toda Grecia que tenía permitido el acceso a los torneos.

A la edad de 15 años, las jóvenes se emancipaban de su hogar paterno, recibían unas tierras de sus padres, pero no oficializaban su matrimonio normalmente hasta 10 años después. La ceremonia del matrimonio era muy curiosa: la madrina de la joven le cortaba el pelo de raíz y la vestía con ropa y zapatos de hombre. La recostaba en un mullido de ramas, sola y sin luz. El hombre llegaba sobrio de comer en un banquete público. Se acostaba con ella en el lecho y al poco tiempo se retiraba a dormir con los demás jóvenes. Durante mucho tiempo, los recién casados tendrán encuentros con mucha precaución de que nadie los vea. Era trabajo de la mujer proporcionar estas oportunidades sin que nadie se diera cuenta. Había algunas parejas que tenían hijos antes de que el marido viese a su mujer a la luz del día, prácticamente. Según nos cuenta Licurgo, parece ser que este método tan particular evitaba que se perdiese el deseo además de ser un ejercicio de moderación. Una vez que se casaba, la mujer espartana se encargaba del gobierno de su casa pero sin quedar recluida en ella.

Plutarco nos cuenta en una de sus obras algunas pequeñas historias y anécdotas sobre las espartanas que nos pueden ayudar a comprender cómo eran estas mujeres.

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Nos cuenta Plutarco que Gorgo, hija del rey Cleómenes y esposa del famoso rey Leonidas, cuando una mujer de Atenas le preguntó:
¿Por qué vosotras, espartanas, sois las únicas que gobernáis a vuestros hombres?, ella le respondió: “Porque somos las únicas que alumbramos hombres”.

Con esta frase, Gorgo quería decir que sólo los espartanos eran hombres de verdad y que ellas tenían ese poder porque eran las que les habían dado la vida. Las espartanas se sentían dignas e indispensables de forma natural.

Ellas también se expresaban de una forma muy directa, muy concisa y en muchos casos con cierta ironía o humor.
Un extranjero llegó a la casa de Gorgo con su sirviente. Cuando ella vio que el sirviente le ataba los zapatos al griego, ésta le dijo a su padre: “Padre, el extranjero no tiene manos”.


En Esparta existían los ilotas, que eran los hombres y mujeres que se encargaban del cultivo de la tierra, de tejer la lana y de aquellas labores que no podían hacerlas los guerreros porque no tenían tiempo. Los espartanos, según la ley de Esparta, tenían la obligación de dedicarse totalmente al arte de la guerra, y las espartanas a sus tareas de organización del hogar y la educación de los hijos hasta los siete años. Pero no se dejaban llevar por el exceso de comodidades. Este exceso se consideraba dejadez, y la educación espartana estaba orientada hacia la superación de uno mismo.

El libro Puertas de Fuego de Steven Pressfield, aunque sus hechos históricos puede que no concuerden con la realidad, nos permite comprender algo mucho más profundo: el trasfondo humano, la realidad de los sentimientos de los espartanos y espartanas.

Un párrafo muy interesante es el que narra la partida de los espartanos hacia las Termópilas. Leonidas, en el momento de la partida, dirigiéndose a sus hombres les comenta que la fuerza necesaria para fortalecer su corazón la encuentra en sus hijos, en los compañeros, pero sobre todo encuentra el valor en el corazón de esas mujeres que les observan partir en silencio, sin derramar una lágrima, con aquella expresión austera, con la mirada firme… con la postura erguida y solemne que siempre tenía una espartana.
Decía Leonidas: El dolor del hombre se soporta con ligereza y pronto se supera. Nuestras heridas son de la carne, que no es nada; las de las mujeres son heridas del corazón: tristeza infinita, mucho más larga de soportar.

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Evidentemente, las espartanas eran educadas para luchar su propia batalla. Ellos se marcharon y ahora perviven en nuestra memoria, en nuestros libros, como valientes, como héroes que han conseguido la gloria. Pero esas madres, esas esposas que quedaron en Esparta tuvieron que continuar con su vida cotidiana como si nada hubiera ocurrido. Recibiendo las noticias de la muerte de sus padres, maridos, hermanos y compañeros.
Las mujeres espartanas son un ejemplo que nos ha dejado la historia de mujeres fuertes, no sólo física, sino psicológicamente. Mujeres valientes, no en el campo de batalla porque ellas no eran educadas para eso, sino en la batalla de cada día. Capaces de organizar y mantener el orden y la calma en sus hogares aún en las circunstancias más difíciles, aunque su corazón estuviera destrozado. Manteniendo su dignidad ante la más profunda tristeza mientras infundían valor a los guerreros que partirían a la siguiente batalla.
Las espartanas no dejaban que sus hombres volvieran a casa habiendo perdido su honor en la batalla. Una madre espartana le dijo a su hijo mientras le entregaba un escudo: “O con él, o sobre él”.
El amor de estas mujeres hizo que los espartanos entregaran su vida por aquello en lo que creían. Por su pueblo, por sus costumbres, por su honor, lucharon los espartanos, con el firme apoyo que les brindaron aquellas mujeres, las espartanas.

Nuria Embid

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