lunes, 24 de marzo de 2014

712.- En la muerte de Adolfo Suárez



Presidente de la Transición

Por FELIPE GONZÁLEZ MÁRQUEZ


Adolfo Suárez ha sido el presidente de la Transición democrática de España. El paso de una dictadura a una democracia pluralista, tantas veces frustrada en nuestro país, se debe a su tarea.

Sus cualidades para el diálogo y el compromiso, desde la fortaleza de su liderazgo, han sido claves para que nuestro país haya conseguido el marco de convivencia en libertad más importante de nuestra historia.

He compartido con él muchos momentos clave de nuestra historia y una amistad que superaba las discrepancias lógicas en el pluralismo de las ideas. Tengo un recuerdo imborrable de su figura y de su tarea. Quiero manifestar a su familia mis sentimientos de pesar y respeto en estos momentos de dolor.




UN PUENTE INVISIBLE

Por Alfonso Guerra


De las sombras de un régimen oprobioso emerge una figura nueva, con el rechazo de los suyos (¡qué error, qué inmenso error!) y la desconfianza de los demócratas (él ocupará la cima ideológica del régimen). Pero… un hombre joven, atractivo, sereno, moderado, seductor va progresivamente cambiando la valoración y el escenario. Tiene una visión clara de cómo arribar al puerto deseado por la mayoría, conoce el cauce a seguir para vencer la resistencia de las estructuras que quiere desmontar, y posee el encanto necesario para atraer al proyecto a los que estaban alejados del poder.

El paso del autoritarismo a la democracia, sin hundimiento del poder, le exige valentía, prudencia y poder de convicción. La Transición es fruto de la presión desde abajo, desde la mayoría del pueblo que anhela la catarsis democrática, y de la negociación por arriba de los que lideran las fuerzas políticas, las que devienen del régimen y las que han luchado contra él. No sería justo atribuir toda la responsabilidad del cambio a los dirigentes políticos, pues la presión de la población, con huelgas, manifestaciones, declaraciones, asambleas, fue el impulso que forzaría el tránsito, pero tampoco es verosímil orillar el papel de los políticos del momento. De todos ellos Adolfo Suárez ocupa el lugar principal, y Felipe González, Santiago Carrillo, el cardenal Tarancón, Fernando Abril y con una presencia e impulso simbólico capital Juan Carlos I.

Se cruzó un puente invisible entre dictadura y democracia. No fue fácil, un camino de avances y retrocesos, con violencia para abortar el proceso, un tiempo de incertidumbres pero también un tiempo de libertad, pero sobre todo un tiempo de consenso.

Se acertó aunque todos hubieran de sacrificar algunas de sus intenciones. Ninguno podría quedar totalmente satisfecho, pero nadie quedaba fuera del juego democrático, las reglas de convivencia garantizaban a todos la libertad y el respeto a las posiciones diferentes; la cara opuesta a la dictadura que se dejaba atrás.

En gran medida se debió a la clara voluntad de un hombre de cambiar la historia, Adolfo Suárez, al que en la hora de su muerte todos reconocen su valía y merecimientos.

Tras el enorme éxito político, electoral, internacional, llegó la decepción, el abandono, la soledad, el alejamiento de la vida política. Y por fin, el mal del siglo le impidió ver cómo evolucionaba su figura en la consideración general. A la vista de los acontecimientos su talla se agigantó y pocos negaron su valentía e intuición. Ante el abandono definitivo nos queda la evocación de un hombre que a todos sorprendió, a muchos cautivó, y que a la inmensa mayoría produce hoy una serena nostalgia de un tiempo que pasó.

A su familia, nuestro pesar compartido; a nuestro amigo, descansa en paz.

Alfonso Guerra, exvicepresidente del Gobierno, fue el número dos del PSOE durante la Transición.





Suárez y la concordia

Por MARIANO RAJOY 

Son muy pocos los hombres llamados a marcar una época, y son menos aún los que han logrado dejar un legado tan vivo y una huella tan fecunda y feliz de su labor. Es el caso ejemplar de Adolfo Suárez, un hombre capaz de restaurar la grandeza a la política y hacer realidad una idea de España basada en la concordia. Por estos méritos, nuestro primer presidente democrático no sólo fue el mejor cauce para la reconciliación entre españoles, sino que también ha condensado en su trayectoria vital los mejores éxitos colectivos de la España contemporánea. Y hoy podemos hablar de él no sólo como un personaje estelar de la historia de España, sino como el protagonista de uno de los grandes episodios que, en cualquier lugar del mundo, se han escrito en el relato de la libertad.

En esta hora de profunda tristeza, al despedir a Adolfo Suárez, los españoles lloramos la desaparición de una persona de bien, de un gran español y un gran europeo, de un hombre de Estado cuya dimensión enaltece las últimas décadas de nuestra historia común, al tiempo que trasciende los límites del tiempo en que le tocó vivir. Porque su legado es mucho más que el eco de la gran obra política que es la España democrática de hoy y de mañana.

Son innumerables los logros que, en el curso de una vida entregada a su país, llegó a acumular Adolfo Suárez. Artífice de la España democrática, y forjador, en plena cooperación y sintonía con su majestad el rey don Juan Carlos, del país libre, abierto y desarrollado en el que hoy vivimos, supo ser un referente de unidad más allá de diferencias ideológicas y el mejor punto de encuentro para las aspiraciones de una sociedad plural como la española.

Si, como presidente del Gobierno, antepuso los intereses generales a los suyos propios y logró ser un verdadero gobernante para todos los españoles, su influencia determinante en la Transición y en la Constitución de 1978, así como su firmeza inquebrantable frente a los enemigos de la libertad, sirvieron para asentar con solidez las bases de la época de mayor progreso que nunca ha conocido nuestro país.

Continuador de la mejor tradición reformista española, el primer presidente de nuestra democracia fue destacado intérprete de unos años de profundos cambios en nuestra sociedad. No en vano, tuvo el enorme mérito añadido de cuajar su obra en una hora de España excepcionalmente difícil. Muchos aún la recordamos: una coyuntura política cargada de incertidumbre, y una circunstancia económica de severísima crisis. Sin embargo, Adolfo Suárez supo encontrar salidas ante lo que tantos veían como callejones sin salida. Y al optar por el “lenguaje moderado, de concordia y conciliación” de “la mayoría de los ciudadanos”, logró cerrar heridas, borrar cicatrices, restaurar nuestras libertades, devolver a España al curso de su historia y abrirle las puertas del gran proyecto de Europa.

Así consiguió que los españoles, unidos por un relato positivo de nuestra trayectoria en común, figurásemos como una historia de éxito ante nosotros mismos y ante el mundo. Y con su ejemplo político y vital, el presidente Suárez nos enseñó a todos que, incluso en los momentos más difíciles, no hay aspiración que no esté al alcance de nuestro esfuerzo solidario.

Nada de ello hubiera sido posible sin las herramientas de la gran política: su espíritu de consenso y de diálogo, su capacidad para el pacto. A Adolfo Suárez le asistieron al mismo tiempo la inteligencia política y el sentido de la historia, el amor por su país con una lúcida comprensión de su diversidad y riqueza. Junto a ello, su calidad humana y su célebre cordialidad —tan evidentes a quienes tuvimos la fortuna de tratarle— dieron atractivo a su proyecto.

Su sensibilidad se puso de manifiesto muy especialmente en su papel imprescindible a la hora de sumar voluntades de cara a la Constitución de 1978. Allí quedaron gestos de grandeza para la historia, como la complicidad cultivada por Suárez con sus adversarios políticos como Felipe González, Santiago Carrillo o con el presidente de la Generalitat, Josep Tarradellas. La nueva España democrática, con vocación europea, se ofrecía como un espacio común para todos ellos: los españoles del interior, y también los que estaban y se sentían en el exterior, podían al fin compartir en paz y libertad un país donde nadie sobraba y todos cabían; un país que todos podían emplear como plataforma para escribir su futuro.

Aquella gran generación supo ver la necesidad de un entendimiento fecundo y perdurable para la mayoría
Junto con Suárez, aquella gran generación supo ver la necesidad histórica de un entendimiento fecundo y perdurable entre diferentes para satisfacción de la mayoría. Y pudieron plasmarlo en un éxito evidente a ojos de todos los españoles: el texto constitucional que nos ha hecho vivir la mayor prosperidad en nuestra historia compartida y nuestra mayor apertura a Europa. Por eso, el extraordinario fruto de aquella voluntad de entendimiento todavía nos indica el camino que estamos llamados a seguir.

Con un inmenso apoyo popular, la Constitución reflejaba y refleja una concepción de España como un país de inclusiones, donde cada uno se afirma en el reconocimiento del otro.

Esa España constitucional buscó adecuarse a la realidad del país: una trama rica de identidades que se veían nuevamente valoradas y potenciadas, liberando sus energías para el bien común, al tiempo que incrementaban sus responsabilidades con el autogobierno de los territorios. Se forjaba así una España donde las diferencias, lejos de causar incompatibilidades, pueden armonizarse para enriquecer y fortalecer nuestros propósitos compartidos. Y al volver la vista atrás, la positiva vivencia diaria con la Constitución de 1978 no viene sino a corroborar la excelencia de los planteamientos y la persistencia de los ideales que la alumbraron.

En los últimos tiempos, el cariño admirable con que la familia del presidente Suárez le ha acompañado hasta el final ha sido para todos un motivo de consuelo en el dolor. Y hoy, cuando los españoles nos despedimos de uno de sus mejores hombres, no hay homenaje más hondo que honrar con nuestros actos su memoria. Porque, como dijo el propio Adolfo Suárez, aunque él ya no esté junto a nosotros, “no podemos prescindir del esfuerzo que todos juntos hemos de hacer para construir una España de todos y para todos”. Es un mensaje que hoy pervive con plena fuerza, actualidad y validez.




La huella imborrable de la valentía

Por J. L. RODRÍGUEZ ZAPATERO 


Nos ha dejado Adolfo Suárez. No es difícil imaginar que nuestro país le va a despedir con un sincero, justo y unánime homenaje. Se lo merece él y se lo merece la España de la democracia. Los sentimientos de afecto hacia su figura y los elogios hacia su tarea no nos van a sonar exagerados. Ésta es una ocasión para no contener ni los unos ni los otros, para no regatear el aprecio por una trayectoria pública, política, de servicio al Estado.

Adolfo Suárez lideró el cambio de una vieja y desgarrada nación a un país democrático y reconciliado consigo mismo. No somos los españoles muy dados a reconocer momentos épicos en nuestra historia, padecemos una especie de tentación fatalista, esa querencia a pensar que nuestra historia termina mal. Hoy más que nunca debemos reconocer que la Transición fue un gran ejemplo colectivo, un gran ejemplo para el mundo, y que esa hazaña sólo se entiende a partir de la actitud de Adolfo Suárez, de su afán de concordia, de su determinación, de su valentía. Una valentía que dejó una huella imborrable en su gesto ante los golpistas del 23F.

Aquella situación representa en cierta medida también la vertiente dramática de su trayectoria política y personal. Conoció la crítica dura y la soledad, pero nada borrará de nuestra memoria su grandeza y su ejemplo. Hoy más que nunca debemos reconocer que gracias a Adolfo Suárez y a los otros padres fundadores varias generaciones de españoles hayamos vivido en libertad, en paz y en democracia. Los grandes países saben honrar a sus grandes hombres. Esa es ahora nuestra tarea, nuestro deber con el Presidente Suárez, para que su recuerdo nos reconforte y estimule.

La conversación más larga que tuve con Adolfo Suárez fue el 12 de Octubre de 2001, en el desfile de las Fuerzas Armadas. Fue un diálogo afectuoso, me dió consejos para mi papel como líder de la oposición y, bajo un paraguas que él sostenía, advertí los síntomas de su pérdida de memoria. Una pérdida de memoria que representa una gran paradoja. Adolfo Suárez perdió aquello que gracias a él ganamos todos, la memoria de la concordia, del respeto y de la dignidad como país. Con mucho respeto, con mucha gratitud, debemos decir hoy, pues, que el servicio a España de Adolfo Suárez quedará para siempre en nuestra memoria





El camino de nuestra libertad

Por José María Aznar

“El camino queda abierto para dotar a este país de una Constitución que, como señaló su majestad el Rey en estas mismas Cortes, ofrezca un lugar a cada español, consagre un sistema de derechos y libertades de los ciudadanos y ofrezca amparo jurídico a todas las causas que puede ofrecer una sociedad plural. Mientras la Constitución llega, parece claro que el proceso democrático ya es irreversible. Lo han hecho irreversible el espíritu de la Corona, la madurez de nuestro pueblo y la responsabilidad y el realismo de los partidos políticos”.

De este modo, realmente emocionante, resumía Adolfo Suárez en octubre de 1977 eso que tantas veces hemos denominado “el espíritu de la Transición”, espíritu que él mismo encarnó. Sus palabras expresan una verdad histórica. Es verdad que las elecciones generales de 1977 y los acuerdos económicos alcanzados poco después abrieron definitivamente la puerta a la elaboración de la que finalmente fue la Constitución de 1978. Es verdad que se comenzaba a consagrar un sistema de derechos y libertades capaz de proporcionar amparo jurídico al pluralismo político y social de una sociedad moderna como la española. Es cierto que la Corona fue el motor y su majestad el Rey fue el piloto del cambio. Lo es que la madurez del pueblo español constituyó el asiento sociológico primario de todo el proceso democrático. Y lo es también, finalmente, que en momentos decisivos el realismo de los partidos políticos resultó determinante.

Sin embargo, Adolfo Suárez no decía ahí toda la verdad. Todos esos factores habrían podido evolucionar en sentidos muy diferentes de no haber sido por la inteligencia política, el compromiso cívico, el patriotismo y la generosidad en la entrega de Adolfo Suárez, nuestro primer presidente democrático. En una palabra: la Transición y la democracia no habrían sido posibles como lo fueron sin lo que define a las grandes figuras de la Historia: la grandeza de Adolfo Suárez.

La Transición y el proceso constituyente no fueron, como en ocasiones se da a entender, ni fáciles ni inevitables. Fueron el resultado de elecciones políticas meditadas. Fueron producto de decisiones de alcance histórico en las que se jugaba el futuro de España. Y esas decisiones fueron acertadas. Hicieron posible la reconciliación y la concordia —auténticas, sentidas— que se formularon en multitud de iniciativas jurídicas y simbólicas, y que hallaron su máxima expresión en la Constitución.

La figura de Suárez, como la de su majestad el Rey, han alcanzado con el paso de los años una dimensión extraordinaria. Pero no siempre fue así. A la muerte de Franco no fueron pocos los que pretendieron iniciar un camino rupturista y desintegrador que encontraba en el Rey y en Suárez un obstáculo que vencer. Eso estuvo encima de la mesa hasta bien avanzado el proceso constituyente. Pero la ley para la Reforma Política fijó el rumbo correcto. Es decir, el pueblo español lo fijó, porque el Gobierno decidió acertadamente que así debía ser.

Ahora que tantas veces se maltrata la palabra “democracia” es preciso recordar que durante aquellos años los españoles —todos, en toda España— acudieron a las urnas en 1976, en 1977, en 1978 y en 1979. La Transición fue un proceso político concebido y desarrollado para los españoles, pero fue también un proceso político que se hizo con los españoles, por los españoles. El pueblo español fue el verdadero protagonista porque personas como Adolfo Suárez comprendieron que ésa era la única manera de hacer realidad su profunda aspiración de libertad y de justicia, de blindar el camino a la democracia moral y jurídicamente frente a quienes esperaban la ocasión para desacreditarlo. Y porque se sentían auténticamente parte de ese mismo pueblo, de esas mismas aspiraciones, de ese mismo deseo de cambio.

La Corona marcó el rumbo hacia la democracia plena, y Suárez —y tantos admirablemente junto a él— encontró un camino y lo hizo transitable y seguro para los españoles. Suárez encontró el camino de nuestra libertad.

De Adolfo Suárez se dirán estos días muchas cosas. Unas más conocidas y otras menos. Los más jóvenes quizás nunca hayan oído hablar de él, e incluso se sorprendan al ver que, por una vez, la inmensa mayoría de los españoles, sin importar la ideología ni el territorio, lamentamos sinceramente algo juntos, evocamos sinceramente algo unidos, nos sentimos orgullosos de lo mismo. Suárez lo merece.

En un tiempo en el que toda la obra de la Transición se encuentra en riesgo porque hay quien ha decidido llevarla a ese estado, es necesario recordar algunas cosas esenciales. Apoyándose en los valores, en las virtudes y en las instituciones que Suárez contribuyó decisivamente a poner en pie, España ha logrado ser algo muy parecido a lo que hace cuarenta años soñábamos llegar a ser. Pero apartándonos de ellos perdimos nuestro sentido, nos desunimos, nos debilitamos y nos empobrecimos. No se encuentran en aquellos años de la Transición ni en nuestra Constitución las razones de nuestros problemas, como algunos afirman. Al contrario, en ellos se encuentran los ejemplos que debemos seguir. Quienes fueron responsables de lograr para nuestro país la libertad política hicieron un trabajo que quedará para siempre como modelo de lo que una nación a la que muchos consideraban desahuciada por la Historia es capaz de lograr cuando la gobiernan hombres buenos e inteligentes, hombres como Adolfo Suárez. Hombres que ligan su propio destino al de su país y que no entienden su vida si no es de ese modo.

Conocí a Adolfo y fui su amigo. Traté de seguir su ejemplo; soy, como todos lo somos, deudor de su obra política, y me hice voluntariamente —como tantos— legatario suyo, una de las mejores decisiones de mi vida política y una de las mejores decisiones que puede tomar cualquiera que desee hacer política responsablemente en España. Creo que las cosas que he podido hacer bien deben mucho a lo que aprendí de él: integrar, sumar, acoger, abrir en la política espacios al consenso y al encuentro. He creído siempre en un proyecto de integración ideológica y personal, que, a mi juicio, y bajo esa inspiración bien puede reclamarse heredero de lo que Adolfo Suárez quiso para España.

Hoy tenemos de nuevo esa misma obligación histórica como país. Y estoy convencido de que Adolfo Suárez no podría desear mejor homenaje de todos nosotros, de todos los españoles, que el de vernos aprender a ser nuevamente una verdadera nación ocupada en protagonizar un hito histórico tan brillante como el que él y su generación hicieron posible para todos nosotros.

Descanse en paz Adolfo Suárez González, padre de la democracia española.

JOSÉ MARÍA AZNAR




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