martes, 22 de julio de 2014

802.- Las urnas municipales y el nuevo ciclo político


Las urnas municipales y el nuevo ciclo político

22 jul 2014

Ángel Calle Collado
Autor de La Transición Inaplazable. Los nuevos sujetos políticos para salir de la crisis

Venimos de un camino largo. Venimos de la caída del muro de Berlín, del rechazo de Maastricht y del nuevo orden neoliberal, de las marchas europeas contra el paro y de las campañas contra el Banco Mundial en los 90. Venimos de la solidaridad internacional, con los encuentros intergalácticos en apoyo al zapatismo, el rechazo a las deudas ilegítimas y eternas y de aquellas acampadas del 0,7 contra el “mal desarrollo”. Venimos también de las redes vecinales que no permitieron la institucionalización acrítica de las demandas de barrios y pueblos. Venimos también de la disidencia, desde dentro y desde fuera, de partidos o sindicatos autoritarios.

Vamos ahora con las nuevas formas de protesta, aquellas que, desde el inicio de siglo, asentaron los llamados “movimientos antiglobalización”, los foros sociales y también los rechazos ciudadanos a la invasión de Irak o al genocidio contra Palestina. Aquellas que continuaron con los cercos sociales a las mentiras del Partido Popular sobre los atentados de Atocha (aquella noche del 13 de marzo de 2004), después con V de Vivienda y más tarde con la PAH, el 15-M  y el intento de renovar el sindicalismo más autogestionario desde las mareas sociales.

Y, sobre todo, nos vamos asentando desde las nuevas expresiones de hacer economía y de hacer política. Es el caso de las iniciativas cooperativistas de economías orientadas a lo común, que tejen  un empuje social que deja ya de ser tan subterráneo: pueden hacer uso de internet para ver la evolución exponencial de Coop57, SomEnergia, huertos urbanos, grupos de producción y consumo, redes de construcción de software libre y difusión de conocimiento, etc.

Este nuevo ciclo político (el de los nuevos movimientos globales) tiene su principal sustento en la radicalización de la democracia, el protagonismo social de sus nuevas herramientas y el rechazo de la agenda neoliberal. Ahora vienen a sumarse a dicho ciclo innovaciones orientadas a las urnas: los partidos-ciudadanía. En otros países, el Partido Pirata, el Movimiento 5 Estrellas en Italia o el Mejor Partido en Islandia eran altavoces de estos nuevos ciclos políticos. Aquí, candidaturas asamblearias como las CUP o agrupaciones independientes surgidas en los últimos años venían hablando estos lenguajes: de abajo hacia arriba, por el bienestar social y no por el malestar financiero, desde la participación activa y próxima como mejor estrategia de legitimación y difusión sociales. Podemos surge en ese contexto. Ha sido la experiencia más reconocible en materia electoral de este nuevo ciclo político. Es un temblor en las bases del bipartidismo. Sin olvidar que aún la abstención, con sus múltiples interpretaciones, es la opción más presente.

Y ahora, camino de las municipales del 2015, llaman a la puerta nuevas articulaciones como Guanyem Barcelona o Municipalia en Madrid, sin olvidar esas agrupaciones locales que, en los últimos años, han asentado su hacer asambleario y abierto para entrar en los municipios. Las nuevas culturas políticas, considero, son elementos necesarios, pero no suficientes, para abatir la agenda neoliberal e iniciar la construcción de otras sociedades y de otra política desde la indignación democratizadora. El municipalismo (político y social) puede abrir nuevos escenarios en el corto plazo para asentar esos cambios. Y desde el enlace entre formas de democracia participativa (instituciones que se abren) y democracia radical (empuje social desde abajo) podrían promover cambios más arriba, a mayor escala.

Quiero lanzar unos apuntes sobre potencialidades y límites de esta nueva pata conformada alrededor de las urnas, con un carácter asambleario y que enfatiza los círculos de proximidad para crear sinergias entre ágoras virtuales y ágoras presenciales. Pata que se une a la protesta, a las economías relocalizadas y al incipiente sindicalismo autogestionario como los cuatro soportes de un ciclo político en el que ya vienen socializando algunos millones de jóvenes, y otros no tan jóvenes, desafectos y desafectas con el régimen conservador-neoliberal.

Existen tics y ciertos peligros que pueden hacer de las urnas, y de las urnas municipales en concreto, un atractor de energías sociales que actúe más como domesticación que como retroalimentación del ciclo. No digo nada nuevo. La transición de las élites a finales de los 70 precisó de la incorporación burocrática del tejido vecinal y la destrucción del sindicalismo autogestionario en las fábricas para hacer valer el nuevo orden. El riesgo está, como siempre, no tanto en la herramienta, que incluso se auspicia desde el denominado municipalismo libertario, si no en el uso que se haga de ella. Identificaría dos clases de peligros. El primero tiene que ver con la vuelta a ejercer e insistir en la política vertical de unas “élites ampliadas”. Hay que agradecer las dinamizaciones y esfuerzos personales para poner en marcha herramientas que, hasta ahora, han sido puestas al servicio del protagonismo social. Mi crítica y mis temores se dirigen a la reducción mediática del empuje social y a la equiparación de poder político (capacidad de alterar conflictos y asuntos públicos) con poder electoral (presencia institucional vía urnas). Las “listas mediáticas” donde prima más la urgencia y el efecto que el proceso social, la competencia entre partidos de carácter asambleario y confrontativos con la agenda neoliberal y la promesa de transformación a través de la mera “ilusión del voto” pueden ser, en la práctica, caldo de cultivo para descabezar movimientos sociales, así como los empujes hacia otras economías y mareas de protesta que, hasta ahora, partían más de un poder popular que de un ansia de poder institucionalizable.

El segundo gran peligro, conectado con el anterior, tiene que ver con la creación de espacios o iniciativas que abandonan la clave del nuevo ciclo político: su empuje desde abajo, es decir, su apuesta por el mencionado poder social. Dicho poder social no es sustituible, sólo acompañable, si se quiere caminar en este país hacia una transición cultural y política, así como del modelo productivo insustentable y excluyente. Quiero hacer notar aquí que el vuelco político en las urnas en países como Bolivia o Venezuela se asienta en sus complejos lazos comunitarios, tradicionales de los Andes o de las comunas de Caracas y otros pueblos, que comenzaron a traducir el empuje social en presión institucional allá por los 70. Hoy en día, en este país, los partidos-ciudadanía no pueden ni podrán entenderse sin la experiencia del 15-M y de las distintas mareas. Cuando pensamos en el (aún incipiente, pero ya no invisibilizable) despegue cooperativista tenemos que partir de experiencias que toman fuerza y se articulan desde los 90 para acá. La existencia social no sé si precede a la esencia, como se diría en vocabularios marxistas, pero sí es la base para que lo político (que parte de necesidades sentidas) construya políticas transformadoras (necesidades generales orientadas al bienestar), y no meramente reformas “reformistas”.

¿Municipalismos? Sí, pero alejados del candidaturismo y que resuenen con el nuevo ciclo político, que es también económico y sindical, y que se gesta y ejerce desde el protagonismo social. Vivimos en un país que, allá por 1931, amaneció republicano a fuerza de un poder en las urnas municipales. Pero dicho poder ha de vincularse, en aquellos años, con la actividad asamblearia y local, política y económica, del movimiento obrero y del movimiento campesino en las décadas precedentes. Municipalismos sí, claro está. Como también cualquier estrategia electoral que no aparque, sino que se autocondicione, al empuje social, a los círculos locales, a las mareas autogestionarias y al hacer económico desde lo más próximo y cooperativo. Que trabaje desde políticas de gestión democráticas, de cogestión y de autogestión; desde instituciones que se ven como paraguas de derechos sociales; y desde iniciativas animadoras de procesos desde abajo antes que rectoras verticalistas del curso de lo social. Muncipalismos sociales antes que institucionales, que entiendan el poder electoral como una herramienta frágil y supeditada al despegue de un poder social en barrios y pueblos. De lo político a la política. El nuevo ciclo político lo reclama y nosotras y nosotros nos lo merecemos.



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