domingo, 10 de noviembre de 2013

641.- ‘Caso Gurlitt’: un enigma alemán

Soldados estadounidenses rescatan en 1945 del castillo Neunschwanstein de Fussen (Alemania) tres valiosos cuadros de colecciones expoliadas por los nazis. / BETTMAN / CORBIS


‘Caso Gurlitt’: un enigma alemán

Persiste el misterio sobre el paradero del octogenario marchante alemán Cornelius Gurlitt, que ocultó durante décadas 1.500 obras, algunas desconocidas

¿Dónde están Cornelius Gurlitt y sus cuadros? Un misterio

JUAN GÓMEZ Múnich 9 NOV 2013 

No consta si el octogenario Cornelius Gurlitt había leído los cuentos del detective Dupin cuando decidió, hace medio siglo, que la mejor protección para su tremendo tesoro artístico sería dejarlo en un piso normal y corriente, al alcance posible de visitantes inoportunos o cacos de medio pelo . La incriminatoria carta robada del cuento de Poe escapó a la policía porque estaba a la vista de todos, como una carta cualquiera.

La colección de arte de Gurlitt pasó más de 50 años perfectamente camuflada en la insignificancia, tras una puerta sin particulares sistemas de blindaje o alarma y una placa metálica con el apellido de un propietario en el que nadie reparaba. Su edificio en el barrio muniqués de Schwabing muestra la sobriedad elegante propia de los mejores años 50 alemanes, pero aunque no cabe dudar de la vecina del sexto cuando la proclama “una casa decente”, nada en el 1 de la Artur-Kutscher-Platz sugiere que el anciano del quinto ocultó allí, durante décadas, 1.500 obras de artistas de primera fila, entre ellas algunas piezas desconocidas hasta hoy.

'La dama sentada', pintura de Henri Matisse hasta ahora desconocida, en manos de Cornelius Gurlitt.


El misterio que rodea el caso persiste desde hace una semana. Una foto de Hitler y la fabulosa suma de “más de mil millones de euros” abrieron entonces boca en el semanario Focus a la novelesca historia de una colección perdida con obras de Picasso, Matisse, Beckmann, Macke o Durero de la que nadie supo hasta 2010. Unos funcionarios de aduanas sospecharon en ese año de un anciano que llevaba 9.000 euros encima al regresar desde Zúrich a la capital bávara. Investigaron durante dos años y, en febrero de 2012, obtuvieron una orden judicial que les dio acceso al piso de Cornelius Gurlitt.

Hildebrand Gurlitt, su padre, había sido uno de los pocos marchantes elegidos por los nazis para vender las piezas de arte degenerado que hicieron retirar de los museos y galerías públicas. También hacía negocios con familias judías que tuvieron que dejar Europa. La Fiscalía sospecha que una colección guardada de aquél modo en un piso particular podría estar compuesta de obras robadas a familias judías durante la dictadura de Hitler.

El propio Hildebrand sufrió represalias por su parcial ascendencia judía y por su proximidad a las vanguardias artísticas, pero colaboró con el régimen traficando con las piezas degeneradas por una comisión de al menos el 5%. Los Aliados lo sabían cuando lo detuvieron en 1945 en el castillo de Aschbach, al norte de Baviera, donde había escapado huyendo del Ejército Rojo proveniente de su ciudad natal Dresde.

El propio Hildebrand sufrió represalias por su ascendencia judía
Los especialistas estadounidenses en preservar el patrimonio artístico europeo durante la II Guerra Mundial, conocidos como monument men, le requisaron 163 piezas. Se presentó como una víctima y explicó que tuvo que trabajar para los nazis tras perder su negocio en los bombardeos aliados. Logró que le devolvieran su colección en 1950. En la documentación que queda en Washington sobre aquellas obras requisadas y devueltas figuran algunas halladas ahora en el piso de su hijo. Entre ellas, un autorretrato de Otto Dix que la Fiscalía de Augsburgo presentó el martes como una obra de arte desconocida hasta ahora. El garrafal error demuestra cómo Baviera se ha negado a colaborar con expertos internacionales para resolver el misterio de Gurlitt.

Hildebrand murió en un accidente en 1956. Su madre declaró a las autoridades alemanas que habían perdido los cuadros y los archivos familiares durante los masivos bombardeos aliados de Dresde. Pero todo indica que ella y su hijo Cornelius vivieron de lo que sacaban de aquella colección supuestamente calcinada. A él no se le conoce otra ocupación que cuidar las piezas heredadas y sacarlas a la venta con cuentagotas.

Cuando dieron con ellas en 2012, las autoridades acusaron a Cornelius Gurlitt de apropiación indebida y de evasión fiscal y, tras informar al Gobierno de Angela Merkel, encargaron una investigación a la experta berlinesa en arte degenerado Meike Hoffmann. No se informó a las asociaciones de supervivientes del Holocausto ni a las organizaciones que representan a las víctimas de los nazis. Los fiscales aspiraban a que nadie se enterase del asunto. Lo lograron durante un año y medio.

“Lo contrario, como se está viendo ahora, es contraproducente para la investigación”, dice al teléfono el fiscal de Augsburgo Matthias Nickolai. Es ostensible la irritación entre los funcionarios que llevan el caso. El hallazgo causó sensación en todo el mundo y provocó un aluvión de críticas y de reclamaciones. La presión, mediática y política, crece a diario incluso proveniente de Estados Unidos, adonde escaparon muchas familias judías huyendo de los nazis. También Berlín pidió a las autoridades bávaras que aceleren el proceso de identificación.

La experta Hoffmann investiga 500 de las 1.400 piezas halladas. Desbordada por la atención, responde a los correos con un texto automático de disculpa.

Asombra que ni ella ni la Fiscalía preparasen una estrategia de comunicación por si el asunto salía a la luz. Ahora se limitan a pedir tiempo, el mismo que podría faltarles a los supervivientes de la rapiña nazi con posibilidades de recuperar obras perdidas. Se niegan los fiscales a publicar una lista completa con imágenes en Internet. La capacidad de autocrítica no es la primera virtud de la implacable máquina funcionarial alemana. Dice el fiscal Nickloai que no saben dónde está el sospechoso, pero sostiene que “la Fiscalía siempre ha sido capaz de encontrarle”.

Gurlitt tiene una casa en un barrio patricio de Salzburgo, en Austria, donde no lo han visto desde hace tiempo. También ha contado con otro piso en el barrio de Schwabing. Hace dos años invitó allí a expertos de la galería de Lempertz, de Colonia, para mostrarles el último de los cuadros que vendió para vivir. Se trata de un gouache de Max Beckmann titulado El domador de leones. Karl-Sax Feddersen, asociado de Lempertz explica que “ese piso estaba limpio y bien amueblado”.

La vivienda del tesoro se ve, en cambio, desordenada y mal ventilada, con cartones de zumo de uva y otros embalajes apilados hasta un vestíbulo oscuro que huele a cerrado. Gurlitt dijo a los galeristas que los recibía en la casa de su recién fallecida madre. Ella vivió en la misma dirección donde se han encontrado los cuadros. Posiblemente, en la vivienda contigua del mismo edificio.

El flemático Feddersen se entusiasma levemente con el beckmann que vendieron para Gurlitt: “De lo mejor que hemos tenido en la casa”. El coleccionista compartió los beneficios con la familia de Alfred Flechtheim, galerista judío que tuvo que malbaratar o abandonar muchas piezas cuando escapó de Alemania en 1933.

El hijo del marchante Hildebrand “sabía lo que tenía”, pero no mostró apego sentimental hacia la obra, que llegó “ligeramente dañada y sucia”. No les ofreció más obras ni mencionó el resto de su colección. El anciano vestía correctamente, con traje y se mostró reservado y cortés. Los mismo creen recordar de él los vecinos de su piso en Schwabing. Tal destreza adquirió Gurlitt en pasar desapercibido que hoy, tras una semana copando portadas y noticieros de todo el mundo, nadie sabe siquiera si sigue vivo.



¿Quién fue el extraño Hildebrand?

El marchante y coleccionista tuvo una vida trenzada con el arte moderno, los museos alemanes y el proyecto cultural nazi

HECTOR FELICIANO 9 NOV 2013
El marchante y coleccionista de arte cuyo desconcertante hijo y acopio han causado tanto revuelo en estos últimos días tuvo toda una vida trenzada, desde su juventud, con el arte moderno, los museos alemanes y el proyecto cultural nazi.

Hildebrand Gurlitt nace en Dresde en 1895 en una familia de artistas e intelectuales. Su abuelo fue un pintor renombrado, su tío, compositor; su padre, Cornelius, diplomado en arquitectura, historiador de arte y partícipe de la revalorización mundial del Barroco entre los siglos XIX y XX; su hermano, Wiliwald, un reconocido músico y musicólogo. De cepa alemana cristiana, su abuela materna era judía. Este rasgo biográfico se convertiría en uno de los dos que determinarán gran parte de su destino al llegar Hitler al poder en 1933. La otra circunstancia que lo marcará para siempre será su temprano interés por el arte moderno. A los treinta años, Gurlitt se convierte en el director del König Albert Museum de la ciudad de Zwickau. Allí, pronto organizará exposiciones sobre la entonces controvertida obra de Käthe Kollwitz o sobre la de los expresionistas del grupo Die Brücke, Emil Nolde y Karl Schmidt-Rottluff. Kandinsky, Kokoschka y Munch se contarán, también, entre sus conocidos. Es en parte debido a las polémicas que se desarrollan en la ciudad sajona alrededor de estas vanguardias que en 1930 perderá su puesto en la institución.

Ese mismo año se instalará como director del Kunstverein de Hamburgo, en donde continuará revelando al público alemán ese arte moderno que en 1933 se convertirá oficialmente en arte degenerado. El término lo acuña Hitler cuando anatematiza el arte que proviene de mentes degeneradas en su autobiografía.

Con la llegada del Tercer Reich se ve forzado a renunciar a su puesto y se dedicará al negocio del arte. Por sus intereses degenerados y por las razones genealógicas consabidas no podrá aspirar a altos puestos en la cultura del Estado Nazi. Sin embargo, logrará un nombramiento importante en la Comisión para la Disposición del Arte Degenerado. Su labor consistirá en liquidar las miles de obras de arte moderno que el Führer ordenó retirar de los museos alemanes. Una parte de los 1.500 cuadros, dibujos, acuarelas y otras obras en papel que se han encontrado recientemente en la residencia de su hijo proceden, casi seguramente, de estos museos.

Poco después de iniciarse en 1940 la ocupación de Francia, Gurlitt comenzará a viajar regularmente a París, permaneciendo en la capital por largas temporadas hasta la Liberación en 1944. Cualquier marchante alemán concebía entonces las condiciones impuestas a los franceses como las mejores para hacer negocios —Hitler devaluó el franco en un 50% y, por lo demás, un ejército de conquista es un imbatible argumento de ventas—. Allí frecuentará, naturalmente, los medios alemanes de ocupación y participará en las grandes ventas de la casa de subastas de Drouot, que incluyen arte robado y sin robar. Los reñidos remates alcanzarán soberbios precios que batirán los récords de venta para la pintura francesa en lo que iba de siglo. En diciembre de 1942, durante la venta póstuma de la colección del doctor Georges Viau, dentista y amigo de los impresionistas, Gurlitt se hace notar cuando puja la inaudita suma en ese entonces de casi dos millones de euros en el cambio de hoy para llevarse un Valle de Arc y la montaña Sainte Victoire de Cézanne.

Como para recordarnos que ni tan siquiera alguien con las sólidas credenciales estéticas de Gurlitt se encuentra a salvo de los falsificadores, el cuadro resultó ser un timo realizado en secreto por el fallecido y auténtico sacadientes.

También, para considerar cuán ambidextro era el marchante alemán, que podía jugar en varias canchas a la vez, tomemos La dama sentada de Henri Matisse, cuya imagen ha recorrido las portadas y pantallas del mundo como una pintura desconocida hasta ahora del pintor francés. En un brote de inmodestia, debo aclarar que no se trata de un cuadro desconocido hasta ahora: es una de las pinturas que rastrée en mi libro El museo desaparecido y figura bajo el título Mujer sentada en una butaca entre las ilustraciones del mismo. Además, se encuentra tranquilamente inventariado desde los años veinte en los consumados archivos de los herederos del gran pintor francés. Con todo, del lienzo se apoderan los nazis en 1940 en la bóveda de un banco cerca de Burdeos. Allí, lo había depositado su dueño Paul Rosenberg, el propio marchante de Matisse. Luego, lo transportarán los alemanes hasta París, al museo del Jeu de Paume, depósito de arte saqueado. En 1942, en sus salas un negociante alemán, que posiblemente Gurlitt frecuentaba, realizó un trueque con sus compatriotas confiscadores para introducirlo en el mercado parisino. Desde entonces, se perdía su rastro. Y, ahora, setenta años más tarde, vuelve a aparecer, en Alemania, en los alrededores de Múnich, en un apartamento solitario y atestado de conservas, de suciedad y de arte, ocupado por el hijo octogenario e indocumentado de Hildebrand Gurlitt.
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Héctor Feliciano es autor del libro El museo desaparecido (Destino), sobre el expolio artístico de los nazis durante la II Guerra Mundial.




¿Es la colección de Cornelius Gurlitt?

Al menos 100 de las 1400 obras fueron incautadas por los aliados al final de la guerra y devueltas al padre del anciano muniqués

JUAN GÓMEZ Múnich 6 NOV 2013 

Las fuerzas estadounidenses de ocupación se incautaron, en 1945, de parte de las obras que el alemán Cornelius Gurlitt tuvo almacenadas hasta 2012 en su piso de Múnich. El diario de la capital bávara Süddeutsche Zeitung publica una lista de unos 100, sacados de los diversos interrogatorios a Hildebrand Gurlitt, marchante de arte y padre de Cornelius.

Aunque tener una abuela judía le había costado su carrera museística, los Aliados sabían que también colaboró con el régimen de Adolf Hitler en la venta de lo que los nazis llamaban “arte degenerado”. Entre las obras listadas por los estadounidenses figura, por ejemplo, una pieza de Max Liebermann titulada Dos jinetes en la playa, que fue una de las presentadas el martes por la Fiscalía de Augsburgo como parte del tesoro artístico que escondía Gurlitt hijo en su piso muniqués. Hildebrand, su padre, solicitó que le devolvieran las piezas, que según dijo constituían su colección particular. Lo logró en 1950. Es posible, por tanto, que al menos esta parte del hallazgo en su piso pertenezca legítimamente a Cornelius Gurlitt. Puede que sea suya la colección entera.

La revelación del hallazgo de más de 1.400 piezas en la vivienda muniquesa de Cornelius Gurlitt despertó esta semana una enorme expectación entre expertos, historiadores y coleccionistas de todo el mundo. El semanario Focus publicó que unos funcionarios de aduanas habían dado con el octogenario en 2010, durante un control rutinario en el ferrocarril que une Múnich con Zúrich. Los 9.000 euros que llevaba encima les hicieron sospechar que evadía impuestos. En 2012 entraron en su vivienda y encontraron las obras de arte. Según explicaron el martes la Fiscalía y la experta berlinesa Meike Hoffmann, las piezas estaban almacenadas “de manera adecuada”. No comentaron si la vivienda, un quinto piso con generosos balcones en el barrio de clase media de Schwabing, estaba tan desordenada y llena de basura como publicó Focus inicialmente. Los cuadros, impresiones y dibujos estaban bien conservados. Las autoridades se los llevaron a un lugar seguro para determinar su procedencia.

Gurlitt padre hizo negocios con los nazis. Como su primo Wolfgang, comerciaba con obras que el régimen no quería ver expuestas en público. Estas piezas retiradas de los museos y galerías estatales, sumadas a las que los nazis quitaron a judíos huidos o represaliados, acabaron en unos depósitos berlineses que llegaron a contener más de 20.000 obras de artistas hoy considerados clásicos. Un escogido grupo de marchantes traficaba con estas piezas.

Ahora, tanto las familias de los represaliados u asesinados por los nazis como los diversos museos que perdieron parte de su colección piden “transparencia” a los investigadores. Organizaciones de víctimas como la Comission for Looted Art in Europe demandan la publicación de una lista completa de las piezas de Gurlitt. Hoffmann y los fiscales de Augsburgo avisan, sin embargo, del mucho trabajo que resta hasta esclarecer quién es el propietario de las 1.406 obras. Al final, tal vez sea el propio Gurlitt, cuyo paradero actual desconocen las autoridades alemanas.



¿Dónde están Cornelius Gurlitt y sus cuadros? 
Un misterio

Entre las 1.500 piezas que un anciano almacenaba hay un autorretrato de Otto Dix y un 'chagall' que no constan en ningún catálogo

Un anciano escondía en Múnich 1.500 obras de grandes maestros

JUAN GÓMEZ Berlín 5 NOV 2013 

Aunque el fiscal Reinhard Nemetz dice que los funcionarios de aduanas ya sabían que encontrarían obras de arte, adentrarse en el piso muniqués de Cornelius Gurlitt debió de parecerse a indagar en las maravillas de la cámara mortuoria de algún faraón egipcio. Además de la pésima ventilación y la incertidumbre última sobre el tesoro, la vivienda comparte con las viejas tumbas una cualidad de máquina del tiempo: el octogenario Gurlitt almacenaba, escondida del mundo, una tremenda colección de pinturas y dibujos de artistas excelentes de varios siglos. Arte dado por perdido o, simplemente, olvidado. Como un chagall que no figura en los catálogos y un autorretrato de Otto Dix fechado en 1919, cuya existencia solo conocía ya su propietario. El hijo del marchante de arte Hildebrand Gurlitt las heredó a la muerte de su padre hace 60 años. Pinturas, dibujos, acuarelas y litografías de Picasso, Chagall, Renoir, Toulouse-Lautrec, Max Beckmann, Macke, Courbet, Matisse, Dix, Kokoschka... guardados durante décadas en un piso semiabandonado. Eso sí, según la experta berlinesa Meike Hoffmann, “de la forma adecuada”.

Las revelaciones hechas hoy en conferencia de prensa en Augsburgo permiten dudar de que el valor económico de la colección alcance los 1.000 millones de euros, como publicó inicialmente el semanario Focus. Si bien contiene cuadros nunca vistos y piezas muy valiosas, gran parte de la colección se compone de dibujos a lápiz u obras impresas en papel. Los tres picassos, por ejemplo, son dos litografías y un dibujo. Así y todo, los investigadores desconocen qué tienen entre manos exactamente, puesto que la primera fase de su evaluación solo incluye 500 obras elegidas por la historiadora Hoffmann “a ojo” y a modo de prueba aleatoria.

El jefe del Departamento de Aduanas bávaro, Siegfried Klöble, explicó en una rueda de prensa concedida junto a Hoffmann y el fiscal jefe de Augsburgo, Reinhard Nemetz, que las obras de arte estaban ordenadas y “en muy buen estado”. Klöble y Nemetz se negaron a comentar las informaciones del semanario Focus sobre el estado desastroso del inmueble. Consideraciones higiénicas aparte, la colección aguantó perfectamente.

Una pantalla muestra una obra de Marc Chagall, de la colección recuperada en Múnich, / KERSTIN JOENSSON (AP)

Los agentes de aduanas tardaron tres días en llevarse todas las piezas, almacenadas ahora en un lugar secreto mientras Hoffmann trata de dilucidar su procedencia original y si fueron pasto de la rapiña antisemita de los nazis. Aunque el régimen de Adolf Hitler represalió a Hildebrand Gurlitt por su parcial ascendencia judía, el marchante colaboró con él en la venta de piezas de arte degenerado decomisadas a coleccionistas judíos o retiradas de las colecciones públicas de arte.

El hallazgo ha dado esperanzas a decenas de familias de judíos exiliados de Alemania y de los territorios ocupados por los nazis. Aunque Gurlitt padre no era miembro del partido de Hitler ni parte directa del régimen, es muy plausible que su colaboración con los nazis le permitiera quedarse con piezas robadas, decomisadas o malbaratadas por familias que necesitaban dinero contante para huir de los verdugos pardos.

Algunas de las obras del tesoro son exponentes del “arte robado” por los nazis. Por ejemplo, el retrato de una mujer sentada que pintó el francés Henri Matisse, que fue propiedad del marchante francés Paul Rosenberg. Antes de escapar a Estados Unidos en 1942, Rosenberg creyó dejarlo a salvo en una caja fuerte francesa.

El Consejo Central de los Judíos en Alemania exige “transparencia” a las autoridades. Su presidente, Dieter Graumann, pidió que “se reconstruya exactamente” la historia de cada pieza. Las pesquisas al respecto serán, según admite la experta Hoffmann, “muy complejas”.

Representantes de familias judías represaliadas por Hitler, como la del marchante Alfred Flechtheim, han protestado por el secretismo con el que las autoridades alemanas, incluido el Gobierno federal, han tratado el caso desde su hallazgo en febrero de 2012.

Algunas piezas estuvieron entre las más de 20.000 que los nazis retiraron de los museos alemanes en 1937. Les parecía que algunos de los artistas más célebres de su época producían “arte degenerado”. Como la acuarela de Franz Marc Paisaje con caballos, que formó parte de la colección de un museo en Halle hasta que llegaron los nazis y acabó finalmente en el piso de Gurlitt.

El fiscal Nemetz no sabe o no quiere decir dónde está ahora el octogenario. No mantienen, asegura, contacto con él. Los funcionarios corrigieron algunas informaciones previas sobre el momento del hallazgo, que resultó un año después de lo que se había publicado. Contra Gurlitt pesan ahora acusaciones de evasión fiscal y apropiación indebida, pero ninguna suficiente como para encarcelarlo. No creen los investigadores que Gurlitt tenga más cuadros escondidos. Nemetz dijo que el anciano cooperó tras el descubrimiento. No refirió el contenido de estas declaraciones.

Todo indica que Gurlitt, que tiene otra vivienda en la ciudad austriaca de Salzburgo, sigue vivo y más bien apático ante el destino del tesoro que heredó de su padre. Cuenta Focus que su casa de Múnich mantenía las ventanas cerradas. Nunca se empadronó en ella y, según el semanario, “era un desconocido para las autoridades alemanas”. Nacido en Hamburgo en 1933, tiene pasaporte austriaco. Las autoridades sospecharon de él por primera vez en 2010, cuando lo sorprendieron en un tren entre Múnich y Zúrich con 9.000 euros en el bolsillo.




Un anciano escondía en Múnich 1.500 obras 
de grandes maestros

El tesoro, oculto en un piso, lo forman obras confiscadas o robadas por los nazis

JUAN GÓMEZ Berlín 3 NOV 2013

El piso particular de Cornelius Gurlitt, muniqués de 80 años, encerraba un tesoro y una sorpresa para los agentes de Aduanas: 1.500 obras pintadas por lo más granado del periodo de entreguerras del siglo XX. Lienzos de Pablo Picasso, Emil Nolde, Henri Matisse, Max Beckmann o Max Liebermann. Según publica el semanario Focus, el valor de esta pinacoteca privada ronda los 1.000 millones de euros. Son obras confiscadas o robadas por los nazis en los años treinta y cuarenta del siglo pasado. La propaganda del régimen calificaba de arte degeneradolos trabajos de lo que entonces era la vanguardia artística. Siempre según la revista, los cuadros están ya en una cámara acorazada del servicio bávaro de Aduanas, donde la experta berlinesa Meike Hoffmann investiga su procedencia original. El padre del anciano, Hildebrand Gurlitt, fue un marchante de arte que tras la II Guerra Mundial aseguró haber perdido gran cantidad de obras en los bombardeos de Dresde. El hijo del coleccionista las guardó en secreto durante más de 50 años en un apartamento del barrio de Schwabing.

 Los funcionarios de Aduanas dieron con el tesoro artístico en primavera de 2011, después de que el anciano les llamara la atención durante un viaje en tren entre Múnich y Suiza. Llevaba 18 billetes de 500 euros en los bolsillos. Su apartamento estaba lleno de basura, comida en descomposición, latas caducadas y cuadros polvorientos de tremendo valor artístico y económico. El registro de su vivienda y la confiscación de las piezas duró varios días en los que el hombre no opuso ninguna resistencia. Según uno de los agentes citado por Focus, el anciano dijo a los investigadores que “se podrían haber ahorrado todo el esfuerzo” porque él estaba “a punto de morirse”. Según la publicación, sigue vivo y se enfrenta a cargos de evasión fiscal. Gurlitt se mantenía con lo que sacaba vendiendo su tesoro con cuentagotas. Consultada por diversas agencias, la Fiscalía de Augsburgo ni confirmó ni desmintió la información.

El marchante Hildebrand Gurlitt tenía licencia del régimen nazi para tratar con el arte degenerado que las autoridades retiraron de los museos alemanes en 1937. Disfrutaba de un salvoconducto para entrar y salir de los depósitos berlineses, donde los esbirros de Hitler amontonaron más de 20.000 piezas requisadas de museos o colecciones públicas.

Una vez iniciada la guerra, Gurlitt participó en intercambios artísticos para nutrir el gran museo que Hitler planeaba construir en la ciudad austriaca de Linz, a la que le ataban lazos sentimentales. Este quimérico Führermuseum iba a albergar la colección de arte más grande del mundo. Obviamente, sin ejemplares de los que los nazis consideraban creación degenerada.

Entre las obras encontradas en el piso del octogenario hay un matisse que perteneció al marchante francés Paul Rosenberg, quien ocultó unos 160 cuadros en una caja fuerte cuando tuvo que huir de los invasores nazis. Según el diario muniqués Süddeutsche Zeitung, también se han encontrado cuadros antiguos, algunos procedentes de colecciones privadas de judíos alemanes. El rotativo habla de un durero. El hallazgo podría suponer un drástico avance en las investigaciones para restituir a sus legítimos propietarios el arte robado por los nazis.

Los Aliados consideraron que Gurlitt había sido él mismo víctima de los nazis. Tener una abuela judía le costó sendos puestos de trabajo en museos de Zwickau y Hamburgo. Esto no le impediría hacer negocios con el régimen. En 1945 aseguró que tanto los cuadros como sus archivos había ardido en las llamas de Dresde, su ciudad natal. De aquella mentira ha vivido desde entonces su hijo Cornelius. Hasta ahora.










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