jueves, 11 de diciembre de 2014

848.- El cuarto mundo era esto: pobreza extrema a 12 km del centro de Madrid

Cerca de 300 niños viven en el poblado chabolista de El Gallinero en una situación de exclusión extrema./ Juan Medina (Save the Children).



El cuarto mundo era esto: pobreza extrema a 12 km del centro de Madrid

El asentamiento chabolista de El Gallinero, en Madrid, concentra a cerca de 300 niños rumanos gitanos cuyos "derechos se vulneran de manera sistemática"

El índice de pobreza humana del poblado alcanza al 93% de la población, mientras que en Madrid es del 10,7%

La probabilidad de que los menores no alcancen los 60 años es del 98%; la media española es del 7,8%

Laura Olías  09/12/2014 

Cerca de 300 niños viven en el poblado chabolista de El Gallinero en una situación de exclusión extrema./ Juan Medina (Save the Children).

Casi tres millones de menores españoles ven vulnerados sus derechos a diario.

No tienen agua corriente en sus casas. Van con carritos cargados de bidones hasta un extremo de su asentamiento, donde una única fuente les proporciona el agua para beber, ducharse y cocinar. También carecen de duchas y como retrete sirve cualquier rincón escondido, en la calle. Las viviendas suelen tener unos 15 metros cuadrados donde viven una media de seis personas. No es Etiopía ni Nigeria, "aunque su situación se asemeja más a estos países que a la vida de los niños madrileños", apunta Ana Sastre, de Save the Children. La ONG ha documentado junto a la Universidad Pontificia Comillas el día a día de los niños en el poblado chabolista de El Gallinero, a 12 kilómetros del centro de la capital.

Las ratas y serpientes quedan rodeadas por un círculo rojo. También la basura. Las casas, por uno verde. El equipo que ha elaborado el informe Los Derechos Humanos también son cosa de niños. La situación de la infancia en "El Gallinero" entregó a los niños estas pinturas para que marcaran los elementos amenazantes, que les parecían peligrosos en dibujos.

El Gallinero es un asentamiento chabolista donde habitan alrededor de 435 personas de etnia gitana y nacionalidad rumana, de los que 298 son niños. Acotado por varias carreteras y la vía del AVE "llama la atención por el aislamiento", indica Fernando Vidal, director del Instituto de la Familia (IUF) de la Universidad Pontificia Comillas.

Los testimonios de los niños recogidos en los grupos de discusión y en las entrevistas individuales dejan por escrito sus miedos. Una niña señala su oreja. "Por aquí y por aquí", contó mostrando sus muñecas a los responsables del informe. Son los lugares por donde los ratones "comen por la noche" a los niños pequeños. Otro pequeño no quiere ir por ciertas zonas, llenas de basura y todo tipo de restos. "Nos manchamos las manos de caca cuando nos caemos", recoge el estudio. Cuando les preguntan qué cambiarían de El Gallinero, un niño resume en que "lo haría... normal". Con agua en su casa. "Y duchas", apunta.



El dibujo de una niña de El Gallinero: a la derecha rodea en rojo la basura y escribe "la policía es mal"./ Save the Children.


El estudio recoge diferentes experiencias, en boca de los menores, para conocer "las percepciones subjetivas de los niños y cómo ven sus oportunidades", explica Carlos Pitillas, profesor del departamento de Psicología de la Universidad Pontificia Comillas. La conclusión: "Estamos ante el peor de los escenarios", afirma Ana Sastre. "Casi 300 niños ven vulnerados sus derechos de manera sistemática", continúa la responsable de Sensibilización de Save the Children, con índices de pobreza y exclusión a años luz de la media española.

El estudio toma el Índice de Pobreza Humana (IPH) propuesto por el Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo, que deja enormes desigualdades. La probabilidad de que los niños que habitan el poblado no lleguen a los 60 años es del 98%. "En España, la media es del 7,8%", apunta Ana Sastre. El porcentaje de analfabetos funcionales en la población en edad de trabajar es un 78%, mientras que la media nacional "no supera el 11". En total, el IPH asciende en El Gallinero al 93%, muy alejado del 10,7% de Madrid.

"La intervención no está funcionando"

El informe valora la intervención del Ayuntamiento de Madrid para acabar con el chabolismo y mejorar la vida de estos niños. Entre los éxitos, la escolarización de los niños, que alcanza altos índices de asistencia. Sin embargo, con motivo del Día de los Derechos Humanos (que se celebra mañana, 10 de diciembre), Save the Children y la Universidad Pontificia Comillas exigen mayores esfuerzos. "Hay que hacer algo diferente porque la intervención no está funcionando", apunta Ana Sastre.

Las familias de El Gallinero no acceden a muchas de las ayudas públicas a las que tendrían derecho, como la renta mínima de inserción (RMI) o la ayuda por hijo a cargo, simplemente por problemas administrativos. Un problema "transversal" radica en que muchas personas no están empeadronadas y eso las excluye de diversas ayudas. "Solo 13 de las 95 familias de las que tiene registro el Ayuntamiento reciben la RMI", dice Ana Sastre.

Las medidas específicas tampoco han dado los resultados esperados. Después de 8 años, solo cuatro familias han participado en el programa de realojo del Ayuntamiento, según recoge el informe, y dos de ellas han regresado al asentamiento más tarde. Los desalojos y derribos de las viviendas se producen sin una alternativa habitacional que acepten los afectados por lo que la mayoría vuelve a levantar sus casas en el poblado, entre cascotes y los restos de las viviendas que van cayendo.



La basura y los escombros de casas derribadas son el ambiente que rodea a los menores./ Juan Medina.


El miedo y rechazo a la policía es otra constante en los dibujos de los niños. Un tercio de los menores ha sufrido algún desalojo en el último año y medio. Save the Children exige al Consistorio que detenga los derribos de manera inmediata y elabore un nuevo plan de intervención social que tenga en cuenta a la población y a los voluntarios que se han ganado la confianza de la población de El Gallinero. "Debemos revisar cuál es el procedimiento"

En la presentación de informe, Carlos M. Martínez Serrano, coordinador de General de Familia, Servicios Sociales y Participación Ciudadana del Ayuntamiento de Madrid, que acudió como oyente al acto, defendió la política del Gobierno municipal. "Quizá la intervención necesaria es la de esas familias que se resisten a abandonar el poblado", apuntó. En su opinión, "los planes que sugiere Save The Children ya se están haciendo". "Hay que desenmascarar el buenismo que hay detrás de El Gallinero", concluyó.

Los responsables del informe consideran que todos los actores implicados comparten el mismo objetivo: una alternativa real para las familias, que garantice los derechos humanos de los menores. "Nadie dijo que no fuera complejo, pero algo está fallando en nuestra forma de ofrecer una alternativa claramente mejor cuando no lo aceptan", concluye Fernando Vidal.


                        Una joven se dirige a su vivienda en El Gallinero


El Gallinero, un submundo a 12 kilómetros de Sol

El poblado chabolista de El Gallinero, donde viven unas 80 familias de origen gitano-rumano, sufre el olvido social e institucional a causa de la crisis y los recortes. 
Voluntarios del asentamiento denuncian la política del Ayuntamiento, que pasa por el derribo de las viviendas sin realojo previo.
Juan Luis Fernández López  

“El primero que te despierta es un policía dando con una porra y diciendo que van a derribar tu casa. Un cordón policial, un equipo de antidisturbios... los niños no solo no pueden ir al colegio sino que deben contemplar horrorizados cómo destruyen sus hogares”, asegura Miguel Ángel Vázquez, voluntario en el poblado de El Gallinero. La cruel escena no corresponde a ningún país remoto sino a los límites municipales de Madrid. Allí habitan aproximadamente 350 personas de origen rumano, de las que más de 100 son menores. Decenas de familias condenadas a vivir inmersas en la incertidumbre y la exclusión social.

Una fuente y un transformador alimentan de agua y luz a todo el poblado. La chapa y la tela sustituyen al hormigón y los ladrillos en las construcciones. Pese a todo, voluntarios y habitantes se esfuerzan por crear una atmósfera lo más apacible posible, especialmente de cara a los niños. Unas porterías de fútbol y una parada para el autobús escolar sirven para cubrir algunas de sus necesidades básicas: el ocio y la escuela. Mientras, los adultos se retiran a sus hogares a charlar, hacer la comida o tomar unas cervezas. 

Paco Pacheco es otro de los voluntarios que trabajan por sacar a esas familias adelante. En tono reflexivo asegura: “Yo antes era jefe de obra, ahora llevo tres años en paro, pero sólo hace falta ver a esta gente para saber realmente lo que es sufrir”. La conversación pronto se ve truncada por una niña que se dirige corriendo hacia el voluntario, junto a otros chabolistas que le comentan diversas necesidades del poblado. Dos años como voluntario dan para conocer a casi todos. “Tras cada uno de esos rostros se esconden historias increíbles. La mayoría ha acabado aquí debido a la escasez de empleo. De hecho, solo dos trabajan: el conductor del autobús escolar y un empleado de seguridad”, añade Paco.  

El Gallinero supone la última parada de un camino en el que familiares y amigos quedan atrás. Ese es el caso de Stefan, rumano de 60 años y uno de los primeros en llegar al asentamiento: “Llevo doce años en España, de los cuales siete los he pasado en este poblado. Allí en Rumanía he dejado a seis de mis nueve hijos. Los otros tres viven aquí conmigo”. Stefan es de los pocos que aceptan hablar con un medio de comunicación. Otros habitantes del asentamiento se quejan a Paco de la presencia de un periodista. “Muchos viven de las limosnas y de lo que encuentran por la calle, por eso no les gusta aparecer en la prensa”, justifica el voluntario. 



Interior de la vivienda de Estefan. A pesar de la precariedad, asegura que dedicó mucho tiempo para construirla.

Condenados al olvido social e institucional

Desde su creación en 1998, el Instituto de Realojamiento e Integración Social (IRIS), dependiente de la Comunidad de Madrid, ha realojado a unas 1.300 personas con dificultades en viviendas de mejor calidad. Sin embargo, los recortes presupuestarios han relegado a los chabolistas a un segundo (o tercer) plano. La disminución de la plantilla en el IRIS, así como la privatización de algunos servicios sociales, ha hecho que la calidad en la asistencia se vea mermada.

“Resulta paradójico que, mientras se realizan privatizaciones, sea un policía y una excavadora del Ayuntamiento los que se encarguen de derribar tu hogar”, lamenta Miguel Ángel Álvarez. En este sentido, los voluntarios prestan asesoramiento jurídico a los chabolistas afectados. Patricia Fernández es una de las abogadas de las familias. Argumenta que “los derribamientos se hacen de manera forzada, sin negociación ni tiempo suficiente. Las reclamaciones de los propietarios son legítimas, pero no se pueden subordinar los derechos humanos a los intereses urbanísticos”.

Los voluntarios también arremeten contra el IRIS, el cual, según Paco Pacheco, “brilla por su ausencia”. “Tienen un presupuesto millonario y no hacen prácticamente nada. Nosotros estamos aquí todos los días sin disfrutar de subvención alguna”. En concreto, según el Convenio firmado por el Ayuntamiento y el instituto en diciembre de 2012, dicho presupuesto es de 1.388.430 euros. “Nos encontramos con una situación discriminatoria ya que El Gallinero es el único poblado donde no hay una planificación de realojo ni integración”, añade Fernández.

La abogada también se muestra muy crítica con la institución local: “No son los juzgados los que dictan las órdenes de desalojo, estos sólo autorizan. Es el Ayuntamiento quien decide el cuándo y el cómo”. Unos derribos que además suelen superar los autorizados en un principio, tal y como denuncian fuentes del campamento.

¿Cuál es la alternativa que ofrece el Ayuntamiento de Ana Botella? Paco Pacheco señala que solo hay dos: la exclusión y la expulsión. “El plan del Ayuntamiento no pasa por el realojo. Ellos no buscan la integración social sino la inserción en campamentos en los que sólo pueden estar seis meses. La otra vía es la vuelta voluntaria al país de origen”, añade. Una ceguera social que Pacheco atribuye a todos los representantes políticos: “No existe ningún tipo de voluntad para solucionar la situación por parte de los partidos. Algunos han venido solo a echarse la foto. Solo les preocupa la imagen”.

La autoconstrucción como alternativa

Los voluntarios han presentado un plan alternativo que consiste en la autoconstrucción y autogestión de las viviendas. Para ello sería necesario la cesión de suelo público por parte del Ayuntamiento de Madrid. “La experiencia en otros países demuestra que la autogestión es posible. Hemos remitido nuestro plan a la defensora del Pueblo y a la Consejería, siendo bien recibido, pero el Ayuntamiento hace oídos sordos”, indica Patricia Fernández.

En abril Javier Baeza, párroco de San Carlos Borromeo, remitió en representación de los voluntarios un documento a la defensora del Pueblo, Soledad Becerril, en el que demandaba una mayor protección del poblado chabolista. En su respuesta, Becerril invitó al Ayuntamiento a “fomentar e impulsar la participación ciudadana”, haciendo referencia al plan de autoconstrucción propulsado por los voluntarios. Además, la defensora aseguró que “el Ayuntamiento podría suspender las demoliciones en El Gallinero sin infringir la ley, ya que esta misma contiene los dispositivos que dan flexibilidad a las normas”.

Las peticiones de los voluntarios del poblado dicen ampararse en la legislación internacional en materia de derechos humanos y en las demandas de organizaciones como Amnistía Internacional, Cruz Roja o Unicef. ¿El objetivo? Reducir la distancia social que separa a los “excluidos” del resto de la sociedad madrileña. Aunque aún sean realidades separadas por un abismo, nadie puede negar que el submundo de El Gallinero se encuentra a tan solo doce kilómetros de Sol.  

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