sábado, 9 de febrero de 2013

562.- Un país sostenido por los “tupper”



Un país sostenido por los tupper



Un país sostenido por los “tupper”


Dormir en el salón de un familiar, o pagar el alquiler gracias a la ayuda que te prestan. Tomar un aperitivo gracias que invitan los amigos, o evitar un desalojo con la ayuda de desconocidos son situaciones frecuentes tras más de 4 años de crisis económica en España.

Son cada vez más familias sin ningún tipo de ingreso y cada vez menos recursos de protección social, familiares, amigos y asociaciones se convierten en el bote salvavidas al que muchos han tenido que aferrarse.



La tarde que Bárbara le confesó a su abuela que no tenía cómo pagar su hipoteca, ésta sacó de  un cajón una bolsa de plástico con dinero y se la dio. La mañana siguiente Bárbara vio un ingreso en su cuenta. No eran grandes cantidades, pero eran dos meses de alivio. Al recordarlo, Bárbara repite varias veces dos palabras: humillante y agradecida.

Bárbara es una de esos miles de españoles que durante un tiempo han recibido la ayuda de algún familiar para salir adelante, mientras llega esa especie de milagro en el que se ha convertido encontrar trabajo en los últimos años. Esto, a pesar de que ha hecho todo lo que dijeron a su generación que había que hacer para prosperar. Estudiar una carrera (Historia),  trabajar un tiempo fuera (Inglaterra), y especializarse (en derechos humanos y feminismo).

Con una tasa de desempleo superior ya al 25% y más de un millón y medio de familias sin ningún ingreso durante meses, en España se ha producido un espectacular aumento de las ayudas entre familiares y amigos, así como de las redes de apoyo entre desconocidos. Un enorme flujo de solidaridad que no se refleja en muchas estadísticas, pero sin la cual no se entiende la relativa paz social que aún se mantiene en el país.

La Red Europea de Lucha contra la Pobreza y la Exclusión Social (EAPN-España) alerta del imparable aumento familias enteras sin apenas oportunidades laborales.

En 2011, más de 12 millones de residentes en España, es decir, uno de cada cuatro habitantes, se encontraba según esta plataforma de ONG, con “privaciones materiales severas”, y no parece que en el presente año vayan a mejorar estos datos.

Con este panorama, las pensiones  se estiran como un chicle. Los tupper ware se agrandan, y de muestras de cariño se convierten en el modo de asegurarse de que a algún miembro de la familia no le falte de comer durante la siguiente semana.

Ingresos en la cuenta sin avisar, préstamos con un “en cuanto pueda te lo devuelvo todo” como única fianza… Las casas se dividen y los comedores se convierten en improvisados dormitorios, “hasta que se encuentra algo mejor”.

Las formas de apoyo cambian, pero el fondo es el mismo: la protección del grupo a sus miembros más vulnerables en cada momento. Sin ella, los que ahora lo están pasando mal en España, estarían mucho peor.

“Lo jodido es no ver el horizonte”

Bárbara junto a su abuela y su madre, en la casa que ha conseguido mantener gracias a su apoyo.

Bárbara es un ejemplo de esa red familiar que permite que no haya más heridas cuando se produce el resbalón de quedarse sin trabajo. Tras su despido improcedente por parte de una ONG hace 3 años, inicia un camino de formación, precariedad en trabajos ocasionales, y lucha infatigable por “un trabajo digno”.

“Nunca en mi vida había estado en paro. Y en el momento que más formada estaba y más experiencia tenía, no salía ninguna oferta”, aún se lamenta.  Así, esta madrileña de 36 años se tiene que conformar con trabajos esporádicos, pagados con retraso y “a precios ridículos”.

Llega el momento en que trabajando todo el día,  no llega a fin de mes. Comienza  su “agonía permanente” de una ver una cuenta “durante 2 años en números rojos”. El informe Nuevas propuestas para nuevos tiempos, también de EAPN, recoge un cambio fundamental de los últimos años de contexto de crisis: 1 de cada 4 personas pobres o en riesgo de exclusión tiene un trabajo. Es decir, con las reformas laborales y la flexibilización del mercado, el trabajo ha perdido su cualidad de proveedor de bienestar.

“Lo jodido es no ver el horizonte”, recuerda,  “cuando empiezas a tener solo pensamientos negativos”. Y llegan los cambios, las reflexiones sobre el estilo de vida,  el trabajo, el modo de consumir y de relacionarse. “Cuando tenía trabajo compraba cosas que no me hacían falta. Ni miraba los precios en el  supermercado. Es impresionante el día tienes que empezar a recortar en comida”.

Un día, coge el “excel” de su economía particular y hace una previsión para los próximos 9 meses de gastos imprescindibles e ingresos previstos. La conclusión fue sencilla: “no llego ni de coña”. Ese día Bárbara valora la situación y decide pedirle ayuda a su abuela, en una situación económica mejor que la de sus padres.

Sus padres también la apoyan, sobre todo en los meses más complicados, cuando la deseperanza y la rabia se van apropiando de su carácter. “Por primera vez no tengo fuerzas”.Ellos también le ofrecen ayuda económica, pero ella la rechaza.

Sin embargo, sin planteárselo como un ahorro, Bárbara va con más frecuencia a casa de sus padres, donde su madre le da fiambreras cada vez más grandes, “para varios días, con comida de la que puedes congelar”.

Los amigos son la otra muleta que sostiene a Bárbara durante meses.Ánimos, desahogo, invitaciones a salir, contactos para conseguir trabajo. “Sin ellos me hubiera hundido en la depresión más absoluta”, afirma.

De uno de esos amigos surge el empleo que le ha devuelto la calma y la alegría. Al saberse contratada, se puso a llorar y  fue a contárselo a su abuela. Lo siguiente, “hacer la compra sin mirar los precios”.

Tras superar este bache, a Bárbara se le ha quedado una “deuda psicológica” de gratitud. Por el momento sabe que no podrá devolverle el dinero a su abuela hasta que no tenga otro sueldo.

Pero está tranquila. “Ella normaliza todo esto, dice que su papel ha sido el de cuidarme desde que nací”. Sin todos estos apoyos, Bárbara se imagina que ahora estaría trabajando en Inglaterra, o durmiendo en la calle. “Yo trabajo con la exclusión, y veo que sin red no hay salida”.

“Da una ansiedad brutal cuando te dejan 10 euros”

Ana, arqueóloga, granadina de 31 años. También forma parte de esa llamada “generación más preparada de la historia de España”, que sin embargo no tiene garantizado un modo de ganarse la vida.

Tras una formación por varios países de Europa, decidió montar una empresa de certificados arqueológicos en su ciudad natal. “En 2008 me pilla el comienzo de la crisis justo cuando me independizo y no llega ningún trabajo”.

Un año y medio sin ingresos pusieron en riesgo incluso pagar el “chollo” de alquiler social que había conseguido unos  años antes. “No me podía perder esa casa a ese precio, porque un alquiler normal sí que no podría permitírmelo”.

Es entonces cuando llega la ayuda de sus padres, que hacen auténticos esfuerzos para ayudarla a ella, y a sus otros dos hermanos que tampoco encuentran empleo al acabar sus estudios.

Son momentos de tensión y dudas, entre seguir con la vocación profesional o hacer caso al clásico consejo familiar de “¿por qué no haces unas oposiciones?”. En ese momento,  “da una ansiedad brutal hasta que te dejen 10 euros”, confiensa Ana.

“Estuvieron ayudándome un año, y a mí me pesa mucho tener esa deuda. Sé que no voy a poder devolvérsela pronto, y ellos se han quedado sin su colchoncillo”. Finalmente a Ana le salió un trabajo en una tienda de ropa, y a los pocos meses cumplió su sueño de trabajar en la Alhambra, donde ha participado, entre otras, en la restauración del Patio de los Leones.

Por ahora la historia de Ana tiene un final feliz. Pero ella mira su futuro lleno de  incertidumbre. “Ahora se está recortando mucho en cultura”, apunta. Entre irónica y resignada comenta que pronto puede que tenga que “volver a trabajar de camarera”. Como hacía los fines de semana para pagarse los estudios de arqueología.

Clase media durmiendo en el sofá

La vergüenza de los desahucios violentos

Chema Ruiz, miembro de la Plataforma de Afectados por la Hipoteca (PAH) en Madrid desde sus inicios,  observa cada día este tipo de situaciones. “El entorno familiar juega un papel importante” ya que “la solución por parte de la administración no es lo habitual”, argumenta.

Y en los casos más extremos, las ocupaciones de viviendas, según Chema se producen con la solidaridad del entorno. “Suele ser el propio vecino el que avisa de que hay una vivienda vacía”, sostiene.

Este activista en contra de los desahucios ilustra esta tragedia cotidiana y silenciosa: “mucha gente viviendo en la misma habitación, miles de personas volviendo a casa de sus padres, pero ahora con la familia a cuestas”. 

Pero esta solidaridad tiene su coste. Chema explica que la sensación de fracaso y la pérdida de independiencia provocan fricciones. Las deudas tardan en devolverse, y las soluciones que se imaginaron provisionales se convierten en casi definitivas.

“A veces hasta tres familias que vivían en tres casas, ahora viven juntos en la misma vivienda y con poco más de una pensión mínima”. Personas, hasta hace poco de clase media, se ven durmiendo en colchones por el suelo o en un sofá.  Y de ahí, advierte Chema, sólo hay un paso al más absoluto desamparo.

Autor: Alberto Senante

Fuente: Periodismo humano

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