domingo, 23 de marzo de 2014

702.- Último barco al exilio: El buque Stanbrook

El buque Stanbrook, fondeado en el puerto de Orán en 1939. / LEGADO RODOLFO LLOPIS. FUNDACIÓN CAJA MEDITERRÁNEO


Último barco al exilio:
El buque Stanbrook


Al final de la Guerra Civil, hace 75 años, miles de republicanos trataban de huir desde Alicante

Pocos lo lograron. El ‘Stanbrook’ llevó a 2.638 a un incierto destino

KRISTIN SULENG 23 MAR 2014 ElPaís

Faltaban cuatro días para el final de la Guerra Civil. El Stanbrook, un buque carbonero británico de 1.500 toneladas, había fondeado en Alicante con la orden de cargar naranjas y azafrán. En la explanada del puerto bullía una multitud agotada después de tres años de combate, miles de civiles y soldados republicanos que vieron en el puerto levantino, todavía no tomado por el bando franquista, la única puerta para huir de la represión que les esperaba.

Abrumado por la tragedia, el capitán de la nave, un galés de 47 años llamado Archibald Dickson, cambió el plan inicial de embarcar provisiones por el de evacuar a civiles. Al atardecer del 28 de marzo de 1939, el Stanbrook partió hacia Orán con la última carga civil que zarpó camino del exilio antes de acabar la contienda, 2.638 pasajeros que protagonizaron una emblemática y trágica aventura de la que el próximo viernes se cumplen 75 años.

Antonio Vilanova, pasajero del Stanbrook, dejó testimonio del desasosiego del embarque en una carta dirigida a un amigo y a la que ha tenido acceso este diario. “En la mente de todos había sensación de fuga, derrota, hundimiento moral. Cuando llegamos al barco, éramos recibidos entre las protestas de los pasajeros que ya estaban allí. Conforme subíamos, unos se acomodaban en la cubierta, otros en la bodega o en las sentinas. Faltaba sitio, pero seguía entrando gente”, relataba sobre aquel hacinamiento este funcionario aduanero que más tarde, en su exilio en México, escribiría la primera gran obra sobre los refugiados republicanos, Los olvidados.

Miedo, humedad e incertidumbre de niebla y frío. A bordo del carguero, Helia González, de cuatro años, sentada sobre un baúl con sus padres y su hermana, de 22 meses, encontró consuelo en la presencia de un señor pequeño y fornido que la había cogido en brazos para subir la pasarela del barco. Era el capitán Dickson. En la explanada del puerto, quedaba un paisaje de desamparo entre los que habían perdido el barco.

A su corta edad, Helia no sabía que partía al exilio político. Su padre, Nazario, de 28 años, había fundado Izquierda Republicana en Elche. “Era antibelicista”, sostiene Helia. “Durante la guerra escondió en su casa a un sacerdote y a su sobrina, y salvó de la quema parte del archivo de la basílica de Santa María. La mayoría de los pasajeros éramos pacifistas; no asesinos, como decían”.

El propietario del carguero, Jack Billmeir, cuya flota se multiplicó por diez gracias a la guerra española, había prohibido evacuar civiles. El capitán que desafió aquella instrucción era hijo de una modesta familia de Cardiff. Se había licenciado a los 22 años. “Un sector socialista cuestionó su heroicidad diciendo que un grupo se lo llevó ebrio de juerga a Madrid. Algunos líderes en el exilio quisieron atribuirse el mérito del rescate, pero la República fracasó en proteger a su gente”, apunta el documentalista Pablo Azorín Williams, quien ha investigado la vida del capitán.

“Como abanicos de espuma”. Así recuerda Helia, a sus 79 años, la huella en el mar de los proyectiles enemigos que sorteó el carguero al zarpar. Para eludir los ataques del Canarias, un crucero pesado de la flota nacional, el Stanbrook viró el rumbo primero a Baleares y luego al sur hacia Argelia.


Helia González (derecha), pasajera del Stanbrook, abraza a Juanita Alberich, esposa de otro de los refugiados, en un acto conmemorativo en Valencia. / JOSÉ JORDÁN


Desde una sentina de popa, el pasajero Vilanova observaba la “incontrolable e incontrolada expedición”, sacudida por asaltos de pánico cuando falsos rumores decían que se dirigían a Melilla. La gente arrojaba al mar la documentación para no ser identificada. Se formaban colas de dos horas para beber agua. “Solo había dos evacuatorios. Dominado el pudor, fuera de la borda, deponíamos en el mar. Más que el hambre, es la nota más dura de la estancia en el barco”, explicaba en su misiva Vilanova.

El 29 de marzo, tras 22 horas de travesía, el Stanbrook ancló en el puerto de Mazalquivir, cerca de Orán. A la niña Helia le embriagó el aroma de unas rebanadas de pan sobre unos tableros en el muelle. “Era la primera vez que olía a pan tierno”, evoca la que fuera la pasajera 2.277. “Un hombre se tira de la cubierta a las bodegas y muere una mujer. Hay síntomas de anormalidad y riñas”, escribió en un diario —facilitado a este diario por su hijo Ulises— Antonio Ruiz, ingeniero madrileño de ferrocarril y oficial en el frente, que había huido junto con su hermano Pablo.

En la mente de todos había sensación de fuga, derrota, hundimiento moral", escribió el pasajero Antonio Vilanova.

Desde el muelle, españoles residentes en Orán partieron en barcas con alimento y medicinas para los recién llegados. Arribada un mes antes por mediación de Acción Republicana, Juanita Alberich, valenciana de 20 años y embarazada de su primer hijo, buscaba a su marido, Onofre Valldecabres, director del Servicio de Inteligencia Militar. “Recuerdo que la gente tenía hambre”, evoca Juanita, de 95 años, que perdió a su hijo a los dos meses de nacer. Valldecabres fue de los primeros pasajeros en dejar el Stanbrook gracias a sus contactos como refugiado político. “No tuvo número de pasajero porque pudo eludir el listado registrado por las autoridades francesas”, señala su hija Annik Onofra, nacida en el exilio argelino.

Pese a que creyeron haber hallado la salvación en Argelia, entonces bajo el dominio francés, el destino del pasaje del Stanbrook fue muy dispar. En el primer desembarque, dos días después de atracar, tocaron tierra mujeres y niños que, como Helia, su madre y su hermana, fueron a la antigua prisión del Cardenal Cisneros. La mayoría de los hombres aguardaron a bordo más de un mes, por imposición de la Administración francesa. “Salimos llenos de miseria. Allí conocí por primera vez los trimotores, piojos de un tamaño monstruoso”, explicaba en su misiva Vilanova. A muchos les condujeron al Centre d’Hébergement —centro de alojamiento— número 2 para recibir ducha, vacunas y alimentos.

El motivo de la cuarentena no se ha resuelto 75 años después de aquella odisea. “Francia no había previsto nada. Se apuntó a que el barco había generado gastos en el puerto y debía pagarlos, o se temía una epidemia por detectarse un brote de tifus. Es un cabo que todavía queda suelto”, señala el historiador alicantino Juan Martínez Leal, quien resalta una controversia paralela. “No se sabe por qué, una hora después del Stanbrook, zarpó de Alicante sin evacuar a más civiles el Marítima, el triple de grande y con 30 pasajeros, líderes socialistas y sus familias. Hubo una gran polémica en la Federación Socialista en Orán”.

Anclado el Stanbrook en Orán, Alicante se convirtió en un gran presidio para las más de 15.000 personas venidas del frente. Desde Segorbe, en Castellón, Manuel Arroyo, chófer del Estado Mayor del Ejército de Levante, llegó la tarde del 29 de marzo a la explanada del puerto. Ya no había barcos; solo se oían ráfagas de ametralladora y cañonazos de la División Littorio, unidad italiana que reforzaba el bando nacional. “Vi a un hombre desesperado degollarse con una navaja de barbero. Lo más contagioso es el miedo”, relataba a este periódico Arroyo, de 96 años, antes de fallecer hace dos semanas. Las tropas italianas les condujeron al improvisado campo de concentración de Los Almendros y de allí, más de 3.000 hombres, entre ellos Arroyo, fueron trasladados al campo de trabajo de Albatera, diseñado en la República para la reinserción del delincuente.

Recuerdo que la gente tenía hambre”, evoca Juanita Alberich, de 95 años, que perdió a su hijo.

En Argelia, el destino de gran parte del pasaje fue también la reclusión. Exportados al campo de concentración de Boghari, en el interior del Sáhara, los hermanos Ruiz pasaron a llamarse 102 y 103, bajo la guardia senegalesa, con bayonetas caladas. “Somos 300 indocumentados e indeseables. Y todo en nombre de la Igualdad, Libertad y Fraternidad”, narra Antonio en su diario. “Un español que está en la letrina es maltratado por un guardia que sin motivo le golpea con el fusil. Otros acuden y le patean. El pobre pide auxilio. Acuden varios españoles recibidos con bayonetas y obligados a huir. Allí se quedó”. Los Ruiz pudieron huir a Francia, donde embarcaron rumbo a México en 1940.

En torno a la línea del ferrocarril Transahariano, pasajeros como Antonio Gassó, piloto de caza republicano, sufrieron en los campos de trabajo castigos como el tombeau, en los que el preso cavaba su propia tumba para permanecer en ella, saliendo solo dos veces al día para hacer sus necesidades, sin protección contra las adversidades del crudo desierto. “¡Fusiláis poco, pero matáis lentamente!”, escribió en su diario —publicado en el libro escrito por su hija Laura —desde la cárcel de Bou-Arfa—. Otros acabaron combatiendo en la II Guerra Mundial, alistados en la Legión Extranjera Francesa. La tragedia también marcó la trayectoria del capitán Dickson. Seis meses después de atracar en Orán, el considerado héroe de la odisea del Stanbrook murió con su tripulación en el mar del Norte, torpedeado por un submarino alemán, cuyo capitán, Claus Korth, había hundido naves republicanas en la guerra española.

 
Sobre estas líneas, la repleta cubierta del buque Stanbrook durante la travesía de Alicante a Orán, en marzo de 1939. / LEGADO RODOLFO LLOPIS. FUNDACIÓN CAJA MEDITERRÁNEO

Frente al drama de muchos refugiados, Juanita Alberich y Helia González, amigas en su destierro en Sidi Bel Abbes, aseguran haber vivido un “exilio privilegiado”. La vida de Juanita, residente ahora en Valencia, fue un continuo traslado. Su familia vivió en Argelia hasta 1946, cuando su marido, de la industria cerámica, fue empleado en Lorena, Francia. “Volvimos a Argelia en 1950 y salimos de nuevo hacia Lille en 1957, antes de la guerra de la independencia. Regresamos a España tras la muerte de Franco”.

La familia de Helia, que se enroló primero en una compañía de teatro española dividida tras la contienda, sobrevivió del estraperlo y de una tienda de alpargatas, el último negocio familiar en Argelia hasta partir hacia España en 1949. “Mi padre no quiso arraigar allí. En Argelia conocí la libertad. En España no se podía hablar de nada, el hambre era terrible y la represión muy dura. Ganar no debería ser vengarse”, sostiene Helia, que fue profesora de francés y funcionaria municipal en Elche hasta su retiro.

Junto al editor Rafael Arnal, Helia, que nunca volvió a pisar suelo argelino, inspiró el proyecto de la Operación Stanbrook, una expedición en barco con familiares y simpatizantes que prevé zarpar a Orán antes del verano, si la situación política tras las elecciones en Argelia no lo impide, para conmemorar aquella trágica y esperanzadora travesía que marcó el final de la Guerra Civil. “Tenemos que recordarlo porque hay muchos países en situaciones semejantes. ¿No vamos a aprender nunca?”.




Stanbrook, el barco de una derrota

Lo que hace diferente la salida de este buque es su carácter excesivo con gente de toda condición social e ideología

JOSE RAMÓN VALERO ESCANDELL 18 FEB 2014 ElPaís

De todos los barcos que abandonaron España al final de la Guerra Civil, ninguno ha alcanzado el carácter mítico del Stanbrook, que partió de Alicante con, al menos, 2.638 pasajeros.

El barco, un carbonero británico, arribó a Alicante procedente de Marsella el 19 de marzo 1939 y permaneció en dicha ciudad hasta el 28 del mismo mes, cuando salió en dirección a Orán en un momento en que la ciudad volvía a ser bombardeada por la aviación franquista. Pese a lo que se piensa comúnmente, no fue ni el último buque en que partieron republicanos españoles hacia el exilio, ni siquiera desde el puerto de Alicante, desde donde surgiría poco después el Maritime, con 32 autoridades republicanas.

Desde poco después de la proclamación del Consejo Nacional de Defensa y la consecuente dimisión del Gobierno Negrín, las distintas instituciones republicanas trataron de organizar formas de evacuación para los millares de personas que deseaban abandonar el país. Sólo en marzo y desde Alicante, ya habían partido hacia el exilio barcos como el Winnipeg, el Marionga, el Ronwyn o el African Trader, transportando a miles de personas.

Lo que hace diferente la salida del Stanbrook es su carácter excesivo: una muchedumbre de hombres, mujeres y niños, de toda condición social e ideología política –aunque con predominio de socialistas y republicanos-, con una pequeña presencia de extranjeros llegados a colaborar con la República, aferrados a un buque limitado, saliendo todos ellos en medio de amenazas de bloqueo y poco antes de uno de tantos bombardeos del puerto. Y también, por supuesto, la figura legendaria del capitán Archibald Dickson, marino galés de poco más de cuarenta años, que supo empatizar la angustia de aquellas gentes y asumir el deber de socorrerles, incluso más allá de lo razonable, en un buque limitado, con solo veinticuatro tripulantes, poco acondicionado –con sólo dos letrinas, por ejemplo-, escorado hacia un lado ante el peso excesivo de personas y bultos.

El Stanbrook, recordado a través de su fotografía tomada ya en el puerto de Orán, es una inigualable imagen del exilio: una riada humana, saliendo precipitadamente en medio de una derrota, todos en el mismo barco después de tanta discrepancia interna, hacia un destino en el que nadie iba a reconocerles nada. A su llegada a tierras argelinas, ni siquiera pudieron descender libremente del buque. Las mujeres y los niños salieron antes. Muchos de los varones todavía hubieron de permanecer casi un mes, hacinados, entre calamidades sin cuento, hasta que fueron habilitados los campos de internamiento, de los que sólo salieron para servir en la Legión Extranjera o para integrarse en batallones de trabajo.

Es cierto que también contaron con la solidaridad de mucha gente, de militantes de partidos de izquierda y de muchas familias españolas establecidas en Orán, que entonces era, sin duda, la más española, la más alicantina si se quiere, de las ciudades del África colonial francesa, un puerto al que habían acudido desde un siglo atrás miles de trabajadores valencianos, dada la cercanía entre aquel lugar y los puertos de nuestro litoral.

La vida posterior fue bien distinta para cada pasajero del Stanbrook. Algunos fallecieron en medio de las penalidades del trabajo en la construcción del ferrocarril transahariano, otros consigueron emigrar a otros países, muchos permanecieron durante décadas como residentes en Argelia.

Numerosos historiadores y escritores se han preocupado de manera más o menos profunda o tangencial en la recuperación de aquel triste episodio de nuestra historia –cada vez menos- reciente. Entre ellos, algunos, como Juan Martínez Leal, Juan Bautista Villar o Rafael Torres nos permiten ampliar el conocimiento de sus protagonistas. El propio capitán Dickson también dejó escritas unas páginas sobre aquel viaje, reproducidas por el diario El País el 1 de abril de 2009.

De entre quienes participaron en aquel viaje cabría destacar, por su carácter simbólico, la figura del valenciano Amado Granell, nacido en Borriana aunque afincado en Orihuela, ciudad desde la que se enroló voluntario en las tropas republicanas. Liberado por las tropas anglonorteamericanas del campo de concentración en que lo habían internado las autoridades coloniales francesas, se enroló en la Legión Extranjera con la que participó en el desembarco de Normandía. El 25 de agosto de 1944, el día de la liberación de París, quien había sido, como tantos otros, un vencido indeseable en el puerto de Orán, comandaba una de las dos secciones de la novena compañía de la División Leclerq, las primeras tropas aliadas que entraban triunfantes por los Campos Elíseos.




Huir de Argelia

Decenas de miles de franceses, muchos de origen español, emigraron de Argelia al Levante español hace 50 años cuando Francia concedió la independencia a su última colonia magrebí.

Mientras, los refugiados republicanos en Orán y Argel volvían a exiliarse, esta vez en Francia.

IGNACIO CEMBRERO 29 JUN 2012 ElPaís



Franceses nacidos en Argelia hacen en Alicante campaña a favor del sí en el referéndum organizado por Franco en 1966. / PERFECTO ARJONES

Junto a su familia, José Falcón corrió con todas sus fuerzas, hace ya 50 años, hasta el portaaviones La Fayette atracado en Orán. Quería poner a salvo, en su bodega, a su mujer, Hélène, y a sus tres hijos. El barco de guerra estaba lleno hasta la bandera con refugiados como él y cientos de harkis, los mercenarios argelinos que lucharon junto al Ejército francés en la guerra de la independencia de Argelia.

“Los moros cortaban las cabezas de los europeos, había que escaparse”, recuerda Falcón, barcelonés de 96 años, en su modesto chalé adosado de Toulouse. Atrás dejaba entonces 23 años de exilio en la Argelia francesa. Falcón fue aviador republicano, el que libró el último combate aéreo en los cielos de Cataluña en febrero de 1939, derribando a un Messerschmitt alemán. Cruzó los Pirineos, pasó unas semanas en los campamentos de concentración del sur de Francia y emigró a Orán, donde había sido invitado por su tío.

Ese día, el 5 de julio de 1962, iba a proclamarse la independencia de Argelia, pero horas antes los disparos en el transcurso de una manifestación de alegría de argelinos en la plaza de Armas de Orán, la segunda ciudad del país, desataron primero el pánico y después una matanza de europeos perpetrada por el Ejército de Liberación Nacional, la resistencia armada argelina, y civiles espontáneos provistos de armas blancas.

Dispararon contra las terrazas de los cafés, contra los automovilistas; hubo ejecuciones sumarias, secuestros, ahorcamientos y mutilaciones y enucleaciones en plena calle hasta que, con horas de demora, el general francés Katz ordenó a sus 18.000 soldados que interviniesen. El balance de víctimas oscila, según las fuentes, entre 400 y 3.000 muertos y desaparecidos en tres horas. Aunque muchos habían huido de Orán las semanas anteriores, aún quedaban en la ciudad más de cien mil europeos.

“Gentes aterrorizadas corrían por todas partes, me gritaban que me escondiera en algún portal, en algún local”, recuerda Sylvie Ambros, oranesa de 85 años. Llevaba días recluida en el hotel Univers, que regentaba su padre en el centro de Orán, pero se había arriesgado a echarse a la calle para comprar comida para su bebé. “Pensé que el local, en vez de ser un refugio, podía convertirse en una ratonera y opté por regresar al hotel”, prosigue. “En él se hospedaban militares franceses que me inspiraban seguridad”, añade.

El día en que se proclamó la independencia de Argelia cientos de europeos fueron asesinados en Orán

Cuatro semanas después, Sylvie Ambros también se dirigió al puerto con su hija y sus padres para embarcar, “gracias a un enchufe, porque había bofetadas para subir a bordo”, pero no eligió el mismo destino que José Falcón. Zarparon rumbo a Alicante, a 290 kilómetros de Orán. Regresaba a la tierra de sus antepasados porque, aunque habían adquirido la nacionalidad francesa, los Ambros eran de origen valenciano. Ahora reside, junto con su hermana, en pleno centro de Alicante, que, según Sylvie, “tiene mucho en común con Orán, aunque es más seco y algo más caluroso”.

Para José Falcón, la independencia de Argelia supuso un segundo y doloroso exilio. Para Sylvie Ambros, la vuelta al país de sus ancestros, aunque perdiendo buena parte de su patrimonio. Para España, la descolonización de Argelia tuvo consecuencias migratorias y políticas porque buena parte de los 1,2 millones de europeos que allí residían eran españoles o de origen español. En Orán eran incluso mayoría (65%), y la calle hablaba español, y en Argel eran hegemónicos en el populoso barrio de Bab el Oued.

Desde que Francia inició la conquista de Argelia, en 1830, valencianos, murcianos y almerienses empezaron a expatriarse en busca de trabajo y no tardaban en obtener la nacionalidad francesa que París les otorgaba para incrementar el peso demográfico de los europeos frente a la mayoría de musulmanes argelinos.

La última gran oleada de inmigrantes españoles llegó coincidiendo con el final de la Guerra Civil cuando el carbonero Stanbrook zarpó de Alicante, el 28 de marzo de 1939, atestado con 2.638 pasajeros. Mientras, los últimos aviones de la República volaban hacia el oeste de Argelia. En total, más de 7.000 españoles se exiliaron en la colonia al acabar la contienda. No siempre la adaptación fue fácil.

“Me produjo un choque ver a los moros preparar el té en el barco que me trasladó de Marsella a Orán” en el verano de 1939, rememora José Falcón, que había oído hablar de las matanzas perpetradas por los soldados rifeños a sueldo de Franco durante la Guerra Civil. “Me esperaba ver allí la sabana africana y sus leones, pero aquello se parecía más bien a la calle de Pelayo de Barcelona”, añade.

Su último golpe emocional se lo proporcionó, 25 años después, la Gendarmería cuando, al instalarse en Francia, sacó la oposición de mecánico del cuerpo. “Coger la plaza suponía trabajar para aquellos que custodiaron los campos [de concentración] en los que estuve con mis compañeros en el sur de Francia”, explica Falcón. Superó sus reticencias y guarda un grato recuerdo de su último empleo.

Entre abril y agosto de 1962 cerca de 50.000 emigrantes procedentes de Argelia llegaron a España, el 70% a Alicante

“A mí me impresionaban los fantasmas de las calles de Argel”, recuerda Antonio Asensio, de 73 años, refiriéndose a las mujeres vestidas con largas túnicas blancas que les cubrían la cabeza y solo dejaban su rostro al descubierto. Cuando tenía 11 años, Asensio voló en avión de Valencia a Argel pare reunirse con su padre allí exiliado. “A bordo, los pasajeros se despedían de su tierra cantando El emigrante”, asegura.

Los exiliados republicanos se trasladaron en 1962 a la metrópoli, pero decenas de miles de pieds-noirs (franceses nacidos en Argelia), de españoles que habían adquirido la nacionalidad francesa y otros emigrantes valencianos que aún no la tenían embarcaron en transbordadores, cargueros, barcos de recreo y hasta en veleros rumbo a Santa Pola, Jávea, Águilas, Cartagena y, sobre todo, Alicante.

“2.200 españoles llegaron de Orán”, titulaba en portada, el 1 de julio de 1962, el diario Información de Alicante. La víspera fue el día del mayor desembarco, pero entre abril y agosto de 1962 arribaron al sureste de la Península 50.000 inmigrantes procedentes de Argelia, el 70% a Alicante, según el periodista francés Leo Palacio, autor de un libro sobre los pieds-noirs. De ese aluvión, la prensa española apenas habló. Es verdad que para algunos España solo fue un país de tránsito.

 
El aviador republicano José Falcó, de 96 años, en Toulouse. / PIERRE CHALLIER

Cuando en junio el goteo de pesqueros abarrotados de franceses se acentuó, el alcalde falangista de Alicante, Agatángelo Soler, llamó al ministro de Asuntos Exteriores, Fernando Castiella. Le pidió que España facilitara la salida de los miles de españoles que se agolpaban en el puerto de Orán. Le hizo esperar 20 minutos y le anunció “que salían para Argelia dos transbordadores escoltados por barcos de guerra para traerse a aquella gente”, declaró el alcalde a Información.

La orden la dio el propio general Franco, pero otro general, Charles de Gaulle, tardó tres días hasta autorizar a atracar al Virgen de África y al Victoria en Orán. Cuando los buques volvieron a España, sus pasajeros desembarcaron dando vivas a Franco. No tardarían en tener aún más motivos de agradecimiento al dictador.

Las autoridades les documentaron y les ayudaron a encontrar alojamiento; la Cruz Roja atendió a los enfermos y la prensa local publicó sus nombres para ayudar a las familias separadas a encontrarse. Muchos habían llegado con lo puesto a Alicante y “los bancos les concedieron facilidades crediticias de las que nunca se beneficiaron los españoles”, sostiene Leo Palacio.

Con esos créditos abrieron supermercados, bares, restaurantes, discotecas, lavanderías, joyerías, pastelerías, etcétera. El 20% de los locales de ocio de Alicante “están en manos de nuestros compatriotas”, estimaba en 1970 el cónsul de Francia en la ciudad, Petiot de Laluisant, en un informe dirigido a su embajador en Madrid.

Robert Tabarot, que fue la figura más célebre del exilio francés en el Levante, inauguró entonces una pizzería en Benidorm. El Ayuntamiento le concedió un permiso excepcional para que permaneciese abierta hasta las seis de la madrugada “mientras todos sus competidores españoles debían cerrar mucho antes”, prosigue Palacio.

Veintitrés años antes, el carbonero Stanbrook había permanecido 72 horas ante las puertas del puerto de Orán pese al hacinamiento de sus pasajeros republicanos y a la escasez de víveres para alimentarlos. Cuando, por fin, desembarcaron, las mujeres y los niños fueron trasladados a una cárcel que iba a ser desmantelada y muchos hombres válidos fueron enviados a la fuerza a construir el ferrocarril transahariano. El contraste entre la acogida que brindó España a los inmigrantes de Argelia y Francia a los exiliados republicanos es apabullante.

Por algo Le Courrier du Soleil, el semanario que fundaron los franceses en Alicante, describía a Franco como el “Moisés de los tiempos modernos” y traducía al francés los editoriales de Arriba, el órgano del Movimiento Nacional, ese partido único sui generis que encabezaba el propio dictador.

El fervor franquista de los pieds-noirs les llevó a hacer campaña por el sí en el referéndum de diciembre de 1966 que supuso una puesta al día del régimen de Franco. Caravanas de coches con pancartas pegadas al capó en las que se podía leer Oui = Sí o manifestantes portando rótulos ensalzando a Franco recorrieron las calles de Alicante.

Agatángelo Soler, el alcalde, contaba que un puñado de emigrantes procedentes de Argelia acudió al Ayuntamiento “a romper sus pasaportes” franceses. Eran los más radicales, aquellos que renegaban de una patria que les había "traicionado" al conceder la independencia a la tierra en la que habían nacido.

Buena parte de los jefes de la Organización del Ejército Secreto (OAS, según sus iniciales en francés), que causó 2.200 muertos en su lucha contra la independencia, acabaron o, al menos, pasaron por Alicante. “Aquí estaban fuera del alcance de la justicia francesa y ni uno de ellos fue extraditado a Francia por las autoridades españolas”, recalca Juan David Sempere Souvannavong, profesor de la Universidad de Alicante que ha investigado a fondo el exilio de los pieds-noirs en España.

“Al principio debía acudir a diario a firmar en la comisaría de El Campello (Alicante)”, señala François Andugar, de 75 años, hijo de padres españoles emigrantes a Argel, exparacaidista francés y después agente de la OAS con numerosos golpes en su historial. “A los de la OAS, la policía española no nos perdía de vista”, añade.

Aun así, él y medio centenar de hombres de acción de la OAS se reagruparon, a finales de 1962, en Vallfogona (Lleida), en un campo de entrenamiento. “Aprendíamos a atracar bancos porque la prioridad era obtener fondos para reconstituir la organización en Francia y, algún día, atentar contra De Gaulle”, prosigue. El proyecto fracasó.

Andugar confirma así un rumor, recogido entonces por la prensa francesa, sobre la existencia en España de campos de la OAS, pero sin aportar pruebas. “Hubo otro recinto de entrenamiento, efímero, por Vistahermosa”, pegado a Alicante, revela Jean Leonard Decouty, de 81 años, otro miembro de la OAS, pero que nunca estuvo en Argelia. “Luché desde la metrópoli”, explica, y para librarse de la justicia huyó a Alicante, donde abrió un restaurante de postín.

Decouty evoca con nostalgia el paso por Alicante de los cabecillas de la OAS como Joseph Ortiz o Pierre Lagaillarde, exdiputado de Argel, que consiguió un empleo en el economato del colegio francés que abrieron los pieds-noirs, en 1962, tras hacer una colecta. La mujer de Lagaillarde impartía clases de física.

“Qué duda cabe que al principio el colegio tenía un tufillo a OAS”, reconoce Manuel García, de 77 años, hijo de emigrantes alicantinos a Argel, que fue director del establecimiento en los ochenta. “El Ministerio de Educación [francés] lo observaba con recelo” y, tras su fundación, tardó una década hasta otorgarle su reconocimiento.

Para aquellos capitanes de la OAS, España no era una tierra extraña. Su organización fue fundada en Madrid, en el hotel Princesa, en diciembre de 1960, por el general Raoul Salan ayudado por Ramón Serrano Suñer, el cuñadísimo de Franco.

La impronta de la OAS aún persiste, medio siglo después, entre la colonia francesa en Alicante. El candidato del Frente Nacional en las legislativas francesas de junio para la circunscripción de la península Ibérica fue un pied-nord, Alain Lavarde, de 66 años, hijo de un agente de aquel ejército secreto que tantos atentados perpetró. Está orgulloso de su resultado: “Obtuve el 22,8% de los sufragios en Alicante, un porcentaje que triplica a mi media en España”.










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