lunes, 24 de marzo de 2014

711.- 1.670 días que cambiaron España


En la muerte de Adolfo Suárez



1.670 días que cambiaron España

Desde su nombramiento por el Rey en 1976 hasta su dimisión en 1981, Suárez tejió la democracia a base de profundas reformas legales y grandes consensos
Muere Adolfo Suárez, el líder que cambió la historia de España


JOSÉ MANUEL ROMERO Madrid 23 MAR 2014 ElPaís

Llegó al poder sin democracia, por designación real, el 3 de julio de 1976. Cuando lo abandonó, el 29 de enero de 1981, tras dos elecciones exitosas y una dimisión traumática, la democracia funcionaba con plenas garantías. Adolfo Suárez (1932-2014), el hombre que guio a su país de las sombras a las libertades, levantó en esos años el edificio de la democracia a base de profundas reformas legales y grandes consensos. Fueron 1.670 días que cambiaron España.

Una ley para enterrar la dictadura. La Ley para la Reforma Política llegó cuando la dictadura aún paseaba por el Congreso y los principios fundamentales del Movimiento sujetaban a duras penas el modelo franquista de Estado. El 18 de noviembre de 1976, las Cortes Generales aprobaron por 425 votos a favor, 59 votos en contra y 13 abstenciones la Ley 1/1977 presentada 11 meses antes. La norma que abría la puerta a la democracia en España fue ratificada en referéndum sólo uno mes después con el 80% de votos a favor y una participación altísima (77%).


“Quiero invitarles a un acuerdo...”

Esa Ley imponía la soberanía popular, el derecho de voto de todos los españoles a partir de los 21 años, dos cámaras (Congreso y Senado) cuyos representantes eran elegidos en sufragio universal, libre, directo y secreto. Una quinta parte de esos representantes eran designados directamente por el rey.

Legalización de los partidos políticos. 

Con la Ley de Reforma Política vigente, se inició la legalización de los partidos políticos (entre enero y abril de 1977). “No es buena política la de cerrar los ojos a lo que existe”, declaró Suárez para justificar la legalización del PCE. “No solo no soy comunista sino que rechazo firmemente su ideología (...) pero sí soy demócrata, sinceramente demócrata. Nuestro pueblo es suficientemente maduro para asimilar su pluralismo”,

Disolución de las Cortes franquistas: elecciones generales. 

El 15 de junio de 1977 se convocan las primeras elecciones democráticas. La UCD gana con el 34% de los votos. El PSOE roza el 30% y el PCE se queda en el 9%. Suárez preside el primer Gobierno democrático, sin mayoría absoluta en el Parlamento.

La Ponencia Constitucional. 

Las nuevas Cortes arrancan con el mandato de redactar una nueva Constitución que proclamaba que la soberanía nacional reside en el pueblo español, consagraba el Estado de las Autonomías y la monarquía parlamentaria como forma de Gobierno. Mientras se debate el texto legal, el Ejecutivo amnistía a los últimos presos políticos que quedaban en España.

Los Pactos de la Moncloa. 

Con las Cortes trabajando en la redacción de la Norma Fundamental para la convivencia democrática en España, el Ejecutivo impulsa con la oposición los denominados Pactos de la Moncloa, dos acuerdos muy relevantes en matería económica (derecho a la asociación sindical, límites de subida salarial similares a la inflación existente en esos momentos, devaluación de la peseta y reforma fiscal) y jurídico-politica (se incluyen los derechos de reunión, asociación política y libertad de expresión) que firmaron el 25 de octubre de 1977 los líderes de los principales partidos y CC OO.

Suárez cocinó aquellos pactos en conversaciones previas con Felipe González y Santiago Carrillo para garantizarse una cierta estabilidad, dado que su partido no tenía mayoría absoluta en el Congreso.

Ley de Amnistía. 

La capacidad de consenso que demostró Suárez facilitó también una Proposición de ley que presentaron cuatro grupos parlamentarios (UCD, PCE, PSOE y minorías vasca y catalana). Una normativa aprobada en octubre de 1977 para apuntalar la convivencia que en su artículo primero señalaba:

“Quedan amnistiados:

a) Todos Ios actos de intencionalidad política, cualquiera que fuese su resultado, tipificados como delitos y faltas realizados con anterioridad al día quince de diciembre de mil novecientos setenta y seis.

b) Todos los actos de la misma naturaleza realizados entre el 15 de diciembre de 1976 y el 15 de junio de 1977, cuando en la intencionalidad política se aprecie además un móvil de restablecimiento de las libertades o de reivindicación de autonomías de los pueblos de España.

c) Todos los actos de idéntica naturaleza e intencionalidad a los contemplados en el párrafo anterior realizados hasta el 6 de octubre de 1977, siempre que no hayan supuesto violencia grave contra la vida o la integridad de las personas”.

El sindicalista Marcelino Camacho, diputado del PCE, señaló entonces: “Queremos abrir la vía a la paz y a la libertad. Queremos cerrar una etapa; queremos abrir otra. Nosotros, precisamente, los comunistas, que tantas heridas tenemos, que tanto hemos sufrido, hemos enterrado nuestros muertos y nuestros rencores. Nosotros estamos resueltos a marchar hacia adelante en esa vía de la libertad, en esa vía de la paz y de progreso”.

Las elecciones municipales. 

Las primeras Cortes se pusieron manos a la obra para levantar los pilares de la nueva democracia. Mientras unos parlamentarios redactaban la nueva Constitución, otros se afanaban en reformas legales para garantizar el cambio. En diciembre de 1977 se tramitó por la vía de urgencia el proyecto de Ley de Elecciones Locales. Martín Villa, entonces ministro del Interior, defendió con solemnidad aquella norma. “Para que la libertad sea auténtica y operante, debe comenzar por actualizarse precisamente en los ámbitos más profundos e inmediatos. Participación y presencia de losciudadanos en la gestión de sus más inmediatos intereses comunes, que son, precisamente, los que 1as Corporaciones Locales expresan y representan. En definitiva, autogobierno ciudadano como pieza básica y fundamental en un sistema político de libertad efectiva”.

Despenalización del adulterio, legalización de los anticonceptivos, ley del divorcio. 

Como consecuencia de los pactos de la Moncloa el Gobierno envió al Congreso varias reformas legales para la despenalización del adulterio y despenalización del uso de anticonceptivos. Suárez también dejó preparada la Ley del divorcio que se aprobó el 22 de junio de 1981.




Adolfo Suárez, 
el político más solitario de la democracia


SOLEDAD GALLEGO-DÍAZ 23 MAR 2014 ElPaís


Adolfo Suárez fue, seguramente, el político más solitario que ha existido en la democracia española y, sin embargo, fue el que más se empeñó, en una época peligrosamente incierta, en promover el diálogo y la distensión. Sus discursos, entonces muy criticados por la clase política, no solo en la oposición sino incluso en su propia formación política, estuvieron incansablemente llenos de llamamientos al “acuerdo”, el “esfuerzo común” o la “concordia” y toda su actividad política es la plasmación de ese ahínco.

Su primera gran apelación al pacto la formuló cuando todavía no era más que un joven y extravagante ministro Secretario General del Movimiento, siete meses después de la muerte del dictador. Ante las últimas Cortes franquistas, que representaban la enorme estructura levantada durante casi cuatro décadas de dictadura, aquel ministro de 43 años lanzó el 9 de junio de 1976 lo que sería el principal hilo conductor de su vertiginosa actuación política: “Vamos, sencillamente, a quitarle dramatismo a nuestra política. Vamos a elevar a la categoría política de normal lo que a nivel de calle es simplemente normal. Vamos a sentar las bases de un entendimiento duradero bajo el imperio de la ley”.

Es lógico que en aquellos momentos Suárez despertara toda clase de cautelas y resquemores en una oposición humillada por una Guerra Civil perdida y por tantos años de franquismo, pero leído ahora, 37 años después, su discurso en defensa de la descafeinada Ley de Asociación Política, que permitía la legalización de los partidos, salvo del Partido Comunista de España (PCE), es una pieza parlamentaria magnífica y marcaba perfectamente cuál iba a ser la voluntad política de quien escasamente un mes después sería elegido por el Rey como su verdadero primer presidente del Gobierno (el anterior, Carlos Arias Navarro, había sido nombrado por Franco).

Suárez fue presidente cinco años y medio, los más inciertos y peligrosos de la Transición española, y si algo caracterizó, por encima de todo, su Gobierno fue la extrema velocidad que imprimió a las reformas, el ritmo vertiginoso con el que impulsó los cambios. Doce meses después de aquella apelación a la “normalidad”, aquel simpático político al que la mayoría comparaba con un dependiente de grandes almacenes, un funcionario de medio pelo con un currículo muy poco presentable, había concedido una amnistía que todavía no era total pero que desbloqueaba las relaciones con la oposición; había hecho aprobar una Ley de Reforma Política que dinamitaba, desde la legalidad, toda la estructura franquista; había disuelto el Movimiento Nacional, legalizado al Partido Comunista de España y a los sindicatos Comisiones Obreras y UGT; había creado un nuevo partido político, UCD, y celebrado, y ganado, las primeras elecciones democráticas desde la República; había puesto en marcha unas Cortes Constituyentes, que elaborarían la primera Constitución de consenso en la historia española… No tardó ni quince días después de ganar esas elecciones del 15 de junio de 1977 en presentar la candidatura formal de España para ingresar en la entonces Comunidad Económica Europea y no pasaron ni cuatro meses antes de autorizar el regreso a España de Josep Tarradellas como president provisional de la Generalitat de Catalunya, y antes de recibirlo con un fuerte apretón de manos en la Moncloa.

Durante todo este tiempo, Adolfo Suárez insistió, una y otra vez, en el mismo mensaje: “Os invito a que iniciemos la senda racional de hacer posible el entendimiento por vías pacíficas”. “Este pueblo no nos pide milagros ni utopías. Pienso que nos pide, sencillamente, que acomodemos el derecho a la realidad”. “Quitemos dramatismo a nuestra política”. “Reconozcamos la realidad del país”.

El mérito de este discurso permanente de concordia de Suárez cobra todavía más relieve si no se olvida, como muchas veces se hace, que todo este proceso de normalización democrática se hizo en medio de huelgas, manifestaciones, una inflación disparada y un paro creciente, presiones y desplantes militares, una larga lista de feroces atentados de ETA, del GRAPO y de los grupos ultra y fascistas, y de una creciente incomprensión política.

Vamos a elevar a la categoría política de normal lo que en la calle es normal"
Cuando finalmente dimitió, el 29 de enero de 1981, Adolfo Suárez tenía 48 años. Había soportado, con la única amistad de Fernando Abril Martorell y del general Manuel Gutiérrez Mellado, más crisis que ningún otro político de la democracia y se encontraba aterradoramente aislado. El presidente del Gobierno presentó su renuncia ante las cámaras de televisión, demacrado y agotado, sometido a la fuerte crispación política que promovía sin cesar la oposición socialista, a las luchas internas de su propio partido, a la creciente falta de confianza del Rey y, por supuesto, a la interminable y furiosa presión militar que desembocaría ese mismo año en el golpe de Estado del 23-F.

Para entonces ya había demostrado una formidable capacidad de aguante, un gran coraje y un firme deseo de interpretar sinceramente la voluntad de la mayoría de los españoles. Aquel joven funcionario que propuso a los herederos del franquismo quitar dramatismo a la vida política española fue el mismo que cinco años después, en retirada y derrotado, sin que casi nadie le reconociera que había cumplido gran parte de sus compromisos políticos, culminó su tarea institucional negándose en el Congreso de los Diputados a tirarse al suelo pese a las amenazas de un teniente coronel golpista.










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