miércoles, 5 de febrero de 2014

689.- Cuando ser princesa equivalía a sufrir por amor y "perder" la cabeza



Cuando ser princesa equivalía a sufrir por amor y "perder" la cabeza

El salto de Máxima, de plebeya a reina de Holanda, suena a cuento con final feliz. Pero a lo largo de la historia, la suerte de las aspirantes a un trono ha sido muy desigual


Objeto de alianzas, intrigas y transacciones, casadas con quien debían y no con quien querían, expatriadas a países ajenos y, muy a menudo, duramente castigadas por sus deslices amorosos; a continuación, un repaso –selectivo, ya que la lista es larguísima- por el trágico destino de algunas de estas infortunadas.

El triste caso de las princesas adúlteras

Esta historia involucra no a una sino a cuatro princesas: la hija y las tres nueras del rey Felipe el Hermoso (1268-1314) de Francia. Este monarca había engendrado tres herederos varones, Luis, Felipe y Carlos, y una mujer, Isabel, apodada “la loba de Francia”.

Luis estaba casado con Margarita de Borgoña, una mujer joven, bonita y amante de la diversión. Su hermano Felipe, con Juana de Artois; y Carlos, con la hermana de ésta, Blanca de Artois, una muchacha frívola, que se dejaba llevar por su cuñada, Margarita.


Isabel, la hija mujer, era Reina consorte de Inglaterra, por su enlace con Eduardo II. Un matrimonio infeliz, ya que él se sentía más atraído por sus jóvenes pajes que por su esposa francesa. Resentida, ella no encontró mejor idea que denunciar a sus cuñadas Margarita y Blanca que, aburridas de sus maridos, habían tomado como amantes a dos caballeros de la corte, los hermanos Aunay.

Margarita y Blanca fueron rápidamente declaradas culpables de adulterio y Juana de complicidad. Se dice que Felipe el Hermoso (retrato más abajo) había permanecido casto luego de la muerte de su esposa, Juana de Navarra. Cabe imaginar lo que para un hombre tan estricto y piadoso representó este escándalo.

Margarita, que entonces tenía 24 años, fue rapada y recluida en un calabozo con aberturas que filtraban el frío, donde murió poco después. Posiblemente fue asesinada, para permitir que el engañado Luis, que para entonces había heredado el trono, pudiera volver a casarse.

Blanca, de escasos 18, recibió la misma condena que Margarita, pero tiempo después fue trasladada a un convento, donde se la autorizó a tomar los hábitos. Allí murió, en 1326, 12 años después de su caída en desgracia.

Juana, de 20, fue recluida en un castillo y, años más tarde, rehabilitada.

La suerte de los hermanos Aunay no fue mejor: arrestados y torturados, admitieron rápidamente su culpa, fueron juzgados por crimen de lesa majestad y ejecutados en público, previo tremendo suplicio que es mejor no describir.

La dureza del castigo no se debió tanto a la afrenta familiar que representaba la infidelidad de las nueras reales, sino al daño que ésta causaba a la institución monárquica. No era un tema de moralidad privada, sino de política. ¿Cómo asegurar la autoridad y la legitimidad dinástica de la familia real, si las cónyuges de los hijos del rey andaban correteando por ahí?

La adúltera Margarita era la esposa del heredero al trono y madre de su primera hija. ¿Cómo afirmar el derecho divino de los Valois al trono en este contexto? La gravedad de lo que estaba en juego explica la ejemplaridad del castigo.


Para completar esta historia hay que decir que a la denunciante Isabel no le fue mucho mejor. Cansada de la humillación a la que la sometía su marido, la hija de Felipe el Hermoso se buscó un amante, Lord Roger Mortimer. Reunió un pequeño ejército para destronar a su marido, a quien encerró y cuyo asesinato finalmente instigó. Isabel se convirtió en regente en nombre del delfín, Eduardo III. Reinó durante un tiempo con su amante, hasta que su propio hijo hizo destituir a Mortimer y lo mandó a ejecutar. Isabel no fue castigada, pero sí obligada a vivir lejos de la Corte. En torno a su figura se tejió la leyenda de la mujer fatal, hermosa, intrigante y manipuladora.

Dos volúmenes de la saga de Maurice Druon, Los Reyes Malditos (El rey de Hierro y La loba de Francia) reconstruyen en forma de novela, pero con mucho rigor histórico, los hechos arriba narrados. Altamente recomendable para quien quiera profundizar en esta historia.


María Estuardo, heroína literaria


El destino trágico de esta reina de Escocia (1542-1587) inspiró ampliamente a la literatura, al cine y a la música, al punto de predominar en esas artes sobre todas las Marías de la Historia, con la sola excepción de la Virgen.

María heredó el trono de Escocia al nacer, por la muerte de su padre, el rey Jacobo I. Luego fue Reina (consorte) de Francia, al casarse con Francisco II. Estando en París, por iniciativa de su suegro, fue proclamada Reina de Inglaterra, Irlanda y Escocia –su abuela era hermana de Enrique VIII-, una maniobra que la colocó en la mira de la reina Isabel, la hija que ese rey tuvo con Ana Bolena, y que muchos consideraban bastarda. Y, aunque luego María quiso congraciarse con ella, ésta siempre la vio como una amenaza, la hizo encerrar durante años y, finalmente, la mandó decapitar.


Educada en la corte de Francia, María recibió una formación inusual para una mujer de su tiempo: además de las diversiones normales de una corte –cetrería, equitación, baile-, aprendió retórica, poesía, latín –leía a Plutarco, Plauto y Cicerón-, literatura francesa, geografía, historia y lenguas vivas, como el español, el italiano y el inglés (su lengua materna era el escocés).
Enviudó muy joven del rey de Francia y volvió a Escocia para asumir su trono. Allí se casó con su primo, Henry Stuart. Eran tiempos difíciles, atravesados por luchas dinásticas y religiosas. María, que era católica, fue enseguida blanco de las críticas del líder reformador John Knox, por su gusto por el baile y los vestidos y su estilo aprendido en la Corte de París, alejado de la austeridad y el rigor protestantes.

Al joven Stuart el matrimonio se le subió a la cabeza, quiso inmiscuirse en los asuntos de Estado y empezó a mortificar a su esposa. Celoso de la amistad de María con su secretario privado, lo mandó a asesinar.

Por ese entonces, la reina de Escocia conoció a quien sería el amor de su vida y su perdición: el rudo James Hepburn, conde de Bothwell (ver imagen más abajo), interpretado por Kevin McKidd (foto), en un telefilm de la BBC en 2004. Arrastrada por esta pasión, decidió eliminar a su esposo. El método usado fue bastante “moderno”. Bothwell hizo volar por los aires la casa donde éste se encontraba. Poco después, María tuvo la osadía de casarse con su amante. 

Fue demasiado. Una confederación de nobles escoceses, mayormente protestantes, decidió arrestar a la Reina por el asesinato de su segundo marido. Ella se fugó para reunir un ejército. Cuando la suerte de las armas le fue adversa, escapó a Inglaterra donde creyó poder contar con la benevolencia de su “tía”, Isabel. Grueso error. Esta olió enseguida el peligro de tener que convivir con una aspirante al trono, para colmo católica, en un reino atravesado por las querellas religiosas.


La encerró en un castillo. La hizo juzgar por el crimen de Stuart, pero no se atrevió a condenarla. Aún así, no la liberó. Era el año 1568. Por dos décadas, la bella María sería la prisionera de su odiosa –y quizá envidiosa- pariente. Es que la sola presencia de la Estuardo en suelo inglés era motivo de intrigas, que no sólo concernían a las islas británicas, sino a otras cortes europeas.
Finalmente, en 1587, Isabel la acusó por un supuesto complot en su contra. Unas cartas interceptadas, y posiblemente fraguadas, fueron prueba suficiente para enviarla al cadalso.

No se le ahorró a la pobre María ninguna humillación. Pidió, como Ana Bolena, ser decapitada con espada, algo que le correspondía por su condición de reina. No sólo le fue negado el privilegio, sino que su verdugo llegó ebrio a la ejecución y necesitó tres hachazos para finalmente cortarle la cabeza, que fue expuesta –sin la peluca que disimulaba una calvicie causada por una enfermedad- en un balcón durante todo un día.

La posteridad convirtió a María en una heroína romántica y trágica. Schuman y Donizetti le dedicaron sendas composiciones y fue personaje de novelas de Madame de Lafayette, Walter Scott y Balzac, entre otros. El cine le dedicó varias películas, en las cuales fue interpretada por actrices de la talla de Katherine Hepburn y Vanessa Redgrave.

Una de las mejores biografías de María Estuardo sea la de Stefan Zweig, el escritor que más penetró en la psicología del personaje.




Ana de Sajonia, esposa desdichada



Ana de Sajonia (1567-1613) fue la infeliz cónyuge de Juan Casimiro, duque de Cobourg. Su padre era uno de los príncipes electores del Sacro-Imperio romano germánico, cuya función era elegir al Emperador (en los papeles, porque en realidad se limitaban a ratificar una sucesión dinástica). Ana era por lo tanto un buen partido, y no le faltaron pretendientes. Se dice que eligió con el corazón.

Pero aunque se casaron enamorados, entre ellos nació rápidamente lo que hoy llamaríamos incompatibilidad de caracteres. El era frío y severo, ella alegre y extrovertida. A él sólo le interesaba a caza y los deportes masculinos; ella languidecía de aburrimiento en el palacio. El no le prestaba atención, pero cuando Ana buscó consuelo en brazos de un joven paje, Ulrich de Liechtenstein, Cobourg actuó como marido ofendido, la repudió y la hizo encerrar. Hay que decir que los había pescado in fraganti.

La pobre Ana pagó su desliz con 22 años de un encierro del que sólo la liberó la muerte, en 1613. Recluida en un castillo, recibía una vez por semana un sermón para incitarla al arrepentimiento.

Juan Casimiro, entre tanto, obtuvo el divorcio (1593) y se volvió a casar.



El largo encierro de Sofía de Hánover



Sofía Dorotea  (1666-1726) era hija del duque Jorge II Guillermo de Brunswick-Luneburgo.

En 1682, se casó con su primo, Jorge Luis de Brunswick-Luneburgo, quien años más tarde sería el rey Jorge I de Gran Bretaña, pero para ese entonces, la pobre Sofía ya habría caído en desgracia.

Tuvieron dos hijos, el futuro Jorge II de Inglaterra y Sofía, que se casaría con Federico Guillermo I, rey de Prusia. Pero ni siquiera este destino venturoso de sus hijos modificó la triste suerte de Sofía Dorotea.

El matrimonio con su primo fue terriblemente desdichado. Como suele suceder, la suegra odiaba a Sofía Dorotea, y la despreciaba porque su madre era plebeya y había sido la amante de su padre antes de casarse. Sofía había nacido bastarda pero luego fue legitimada. Su marido, que poco a poco se contagió de los sentimientos de la suegra hacia Sofía, mantenía a su amante, Madame de Wick, en la corte.

La atmósfera en el Palacio se había vuelto tan opresiva para ella, que concibió el plan de fugarse a Francia. Las cosas le salieron mal. Acusada de “abandono”, su matrimonio fue disuelto.

Sofía fue encarcelada en un castillo, separada de sus hijos, a los que nunca volvió a ver, y aislada de sus padres. Sólo se le permitían paseos en carruaje en los alrededores, bajo vigilancia.

Su encierro duró 32 años, hasta 1726, cuando con 60 años murió de cáncer. Sólo algunas cartas de su hija –ya reina de Prusia- lograron penetrar el cerco levantado en torno a ella.


El "affaire" de Carolina Matilde de Hanover


 

Carolina Matilde de Hanover (1751-1775) fue reina de Dinamarca por su enlace con el rey Cristian VII. Era hermana del rey Jorge III de Inglaterra (y por lo tanto descendiente de Sofía de Hanover, cuyo triste destino compartió).

Tenía 15 años cuando se casó con el rey danés, quien padecía de alguna forma de trastorno mental y a quien le gustaba frecuentar los bajos fondos de Copenhague, atraído por las mujeres de mala fama, aunque también corrían rumores de homosexualidad.

Carolina era una muchacha alegre y encantadora, atractiva aunque no especialmente bella. Se decía que su apariencia atraía la atención de los hombres sin atraer las críticas de las mujeres…

Tuvo dos hijos, oficialmente reconocidos como legítimos (Federico y Luisa Augusta), aunque se sospecha que la segunda era bastarda.


La frialdad de la corte danesa le sentó mal de entrada. Para colmo, después del nacimiento del primer hijo, su esposo la humilló exhibiéndose con una cortesana y recorriendo los burdeles de Copenhague.

En 1769, su marido contrató a un médico, Johann Friedrich Struensee, a quien luego hizo ministro. El hombre había logrado controlar en parte la inestabilidad mental del rey lo que le valió una gran influencia en la Corte. Al comienzo, Struensee alentó al monarca a mejorar sus relaciones con Carolina Matilde, pero poco a poco su atención se volcó hacia la reina. En enero de 1770, Struensee obtuvo el privilegio de vivir en el mismo palacio real y, apenas dos meses más tarde, se convirtió en amante de Carolina.


Sospechado de ser el padre de Luisa Augusta, fue decapitado el 28 de abril de 1772. La reina fue repudiada y desterrada del reino. Murió 3 años después, en un castillo donde había sido recluida.

El cine acaba de recordarla, en un film danés, cuyo título fue traducido al inglés como A Royal Affair y al castellano como Un asunto real o La reina infiel, y que estuvo nominado al Oscar 2012 en la categoría Mejor Película de habla no inglesa.



Elisabeth de Austria, heroína feliz (sólo) en el cine



La saga cinematográfica de Sissi (protagonizada por Romy Schneider -foto) nos legó una versión romántica y edulcorada de la vida de la Emperatriz de Austria y en especial de su matrimonio con Francisco José (1830-1916), muy alejada de la realidad.


Nacida como duquesa de Baviera, Sissi fue emperatriz de Austria y reina de Hungría.

Bella, rebelde, fogosa y torturada, Elisabeth (1837-1898) nunca logró encajar en el molde de la corte de Viena y encontró con el tiempo la forma de evadirse, viajando incansablemente por el mundo. En una de esas giras, la sorprendió la muerte, violenta, a manos de un anarquista que quería pasar a la historia asesinando a un miembro de la realeza.

A su hija María Valeria le dijo una vez: “El casamiento es una institución absurda. Siendo una niña de 15 años, fui vendida…”





Esa era la edad que tenía cuando la conoció Francisco José, entonces de 24 años y ya emperador de Austria, y se enamoró de ella. De esa unión nacieron cuatro hijos: los tres primeros le fueron arrebatados en razón de su poca edad y madurez y los crió su suegra. La mayor murió a los dos años de edad y el único varón, Rodolfo, heredero de la fragilidad nerviosa de su madre, se suicidó a los 31 años después de asesinar a su amante. Sissi sólo pudo educar a la última de sus hijas, María Valeria, nacida 10 años después del anterior, en un momento de reacercamiento con su esposo.

Catherine Clément, autora de Sissi: la emperatriz anarquista, sostiene la tesis de que Elisabeth era en realidad lesbiana, algo que habría sido tapado por el mito construido a posteriori en torno a su figura. Es cierto que no disfrutó nunca de la vida matrimonial y hasta llegó a empujar a su marido a los brazos de otras. Sin embargo, Sissi, a quien fascinaban los héroes homéricos, se construyó un palacio de estilo griego antiguo en la isla de Corfú, dedicado a Aquiles, en el cual pueden verse varias estatuas que exaltan la belleza del cuerpo masculino.






Fue cuando enfermó de tuberculosis y la enviaron a Madeira para recuperarse, que Sissi le tomó gusto a los viajes y vio en ellos un medio para escapar de Viena. Cuando conoció Corfú, quedó prendada del lugar e hizo construir allí un palacio –el Achillion- donde se refugiaba con amigos y recibía a artistas.

Los esposos se veían muy poco. En uno de esos viajes, en Ginebra, el 10 de septiembre de 1898, Elisabeth fue atacada mientras caminaba por un muelle poco antes de embarcarse para un paseo. Luigi Luccheni, un anarquista italiano de 26 años, le clavó una lima afilada en el pecho. Ella sintió el golpe pero no se dio cuenta de la herida y siguió camino. Ya en el barco, empezó a sentirse mal y debió ser llevada de regreso al puerto. Murió en la habitación que ocupaba en el hotel Beau-Rivage.



Otras que perdieron la cabeza

Conocida es también la historia de María Antonieta (1755-1793), la consorte austríaca de Luis XVI, a quien la Revolución Francesa sacó de su vida de ensueño para arrojarla a la cruda realidad y a un frío calabozo en la Conciergerie, a orillas del Sena, para finalmente ser llevada a la guillotina. Como también es conocido el sino fatal de dos de las esposas del rey inglés Enrique VIII: Ana Bolena y Catherine Howard. Ambas acabaron con el cuello cortado; la primera para ceder el sitio a un nuevo amor de su caprichoso e inconstante esposo, la segunda, por adúltera. Como se dijo, este fue sólo un breve muestrario. La lista es larga.

Definitivamente, los tiempos han cambiado. Ello no significa que la cercanía al poder no entrañe sus riesgos. Pensemos si no, en la infortunada Lady Di, y su muerte aún rodeada de misterio. Un poco antes, pero no tan atrás en el tiempo, la hermosísima princesa Zoraya, fue repudiada por su esposo, Reza Palevi, Sha de Persia, por ser estéril.

Y, aunque difícilmente pierda la cabeza, para llegar al trono, la argentina Máxima Zorreguieta ya tuvo que abjurar de su nacionalidad y de su padre (que no sólo no asistió a su boda sino que tampoco lo hará a su coronación).

http://www.infobae.com/2013/04/15/1069675-cuando-ser-princesa-equivalia-sufrir-amor-y-perder-la-cabeza





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