martes, 30 de octubre de 2012

534.- COSTA RICA: LA ISLA QUE SOMOS



COSTA RICA: La isla que somos

Por Isaac Felipe Azofeifa
[Costa Rica, 1909-1997]


El costarricense que viaja y el extranjero que nos visita, hacen la misma frase: "Esta es una isla en el mundo". Pero este país no es una isla, no una tierra en medio del mar, sino una nación, un país hecho de sustancia distinta de los demás que componen el mundo.

Por lo pronto, está situado en esa zona en que el Istmo centroamericano se adelgaza más y más descendiendo hacia la cintura del Continente donde el Canal de Panamá muestra su herida abierta. El nombre del país es paradojal, pues su vida tío está en las costas, que las tiene en ambos océanos. Y estas costas son las más pobres y abandonadas.

La vida de Costa Rica se concentra y se desarrolla en el encierro de un valle intermontano o Meseta Central, nombre con que está bautizado en las geografías escolares. Es un valle de apenas veinte kilómetros de ancho por sesenta de largo, mil metros de altura, circundado de cerros y volcanes, a cien kilómetros de cada una de las costas.

Más allá de esta Meseta existen llanuras extensas, bosques vírgenes, fértiles hondonadas, ríos caudalosos, lagunas ricas en pesca, y en la linde de los dos mares, playas para el ocio, y costas desoladas y bahías para contrabandistas, y tierras bajas, húmedas, rica presa del neocolonialismo de las compañías bananeras.

Más de la mitad de la población del país vive encerrado en el refugio amable de la Meseta. Cuando el costarricense habla de su tierra está pensando en la que va del volcán Irazú a los cerros del Aguacate; del volcán Poás a los cerros de Bustamante. Aquí, junto con la capital del país, a sólo 15 ó 20 kilómetros las demás, se agrupan las de cuatro provincias. Las tres restantes, periféricas, no cuentan. El costarricense las visita como turista y los políticos también. Pero es que hay razón: toda la historia del país durante tres siglos de coloniaje español y siglo y medio republicano se desenvuelven primero en el escenario de bosques, plantaciones de tabaco, campos de trigo, siembras de caña, y luego, desplazando aquellos cultivos, a partir del siglo XIX, todo ocurre sobre el fondo verde del cafetal, fundamento económico de la oligarquía de costumbres rurales, republicana, liberal, chata, miope y de vuelo corto que ha gobernado el país. Campesinos, en fin, con un miedo esencial a la aventura de las ideas y a la aventura del progreso. En la Meseta se equilibran, se atemperan y contrarrestan la humedad caliente de la zona atlántica y la sequía ardorosa del territorio abierto al Océano Pacífico. Así logra este valle un clima dulzón en que el barómetro marca todo el año los veintiún grados de permanente frescura primaveral; en el cielo durante seis meses exhiben las nubes una espectacular mise en scéne y otros seis se acomodan como compacto rebaño para el ordeño diario de la lluvia, y que es una lluvia con horario fijo. Pero la humedad hincha las maderas, enmohece cuanto se guarda, hace crecer hongos en todos los rincones, descompone y pudre velozmente la materia orgánica, hace germinar las semillas en los lugares más absurdos, y establece para el goce de la mirada y la calma de la sensibilidad, el color verde-azul del paisaje, que enerva y adormece como un aroma venenoso.


                                                           Isaac Felipe Azofeifa

Desconfiado y astuto como un montañés; cortés pero tímido; trabajador sin constancia, buscando el provecho fácil de esfuerzo; campesino egoísta pero bondadoso, cazurro siempre, vive aquí un pueblo que no ha sido ni miserable ni inmensamente rico; ni guerrero ni sumiso; ni servil ni rebelde; ¡independiente sin guerra de independencia; liberado del coloniaje español por virtud de un oficio llegado de Guatemala un día de octubre de 1821, en que se le hacía saber que desde el 15 de Setiembre... En suma, un pueblo sin sentido trágico de la existencia. Un pueblo sin héroes, y que si alcanza a tenerlos, los destruye o los olvida, que es otro modo de destruir. El conductor de la lucha victoriosa del año de 1856 contra los negreros sureños encabezados por William Walker, 1 el que salva a Centroamérica con su loca decisión de enfrentar los mercenarios un pueblo desarmado y sin experiencia guerrera, ese mismo acaba fusilado 2 apenas cuatro años después por comerciantes de la capital, alguno de ellos incluso pariente del ajusticiado. El líder de la lucha contra la tiranía de los dieciocho meses, de los hermanos Tinoco, Rogelio Fernández Güell, 3 asesinado por esbirros y no muerto por soldados, sólo tiene ofrecido a su memoria el nombre de una avenida, la Avenida Central de San José, que en la Guía de Teléfonos y en los avisos de los Ministerios de Gobierno aparece como Avenida Cero. El soldado adolescente 4 que muere bajo las balas del invasor norteamericano, cuando logra prender llama al mesón —cuartel del enemigo— apenas viene a ser una figura humana para animar fiestas escolares. El máximo héroe de nuestra cultura, Mauro Fernández, reformador de la enseñanza, enérgico propulsor de la escuela democrática, igualitaria, liberal, alcanza un día a tener un hermoso monumento que es destruido por las turbas y nunca se vuelve a levantar; por el contrario, su nombre azuza siempre el sentimiento de revancha de los católicos conservadores que han logrado sepultarlo en el olvido con la bovina aquiescencia del profesorado costarricense, católico, democrático y patriotero. Los creadores de nuestro Estado, Ramírez y Carrillo, 5 han sufrido también la pena de la desmemoria, de desacato valorativo, al que el hombre costarricense condena a sus grandes creadores, como si, incapaz de hombrearse por estimación de sí mismo, con las cimas humanas de su cultura, las condenara por oscuro rencor de una sociedad de medianías al purgatorio de los frustrados. Así es evidente que somos sin sentimiento heroico de la existencia. Un pueblo feliz, contento de vivir bobaliconamente el sainete sin hieles de su historia, anclado en el mar de verdura de su Meseta Central, como una isla.

Resulta entonces que somos un pueblo que sufre de pueril satisfacción de sí mismo. Su insularidad —hallazgo verbal de un joven escritor—, le pone a cubierto de deprimentes sentimientos de minusvalía. Por esto mismo tiene un goce ingenuo y generalmente un poco grosero, aldeano, del humor. No se hizo para él la cara trágica ni el discurso complejo de la vida, del mundo. Es optimista. Le gusta la anarquía, la informalidad, el desorden, que confunde con la libertad. Por esto le carga el orden, la disciplina, la jerarquía. Cuando aparece uno de esos caracteres que ordenan, disciplinan, jerarquizan, lo admira, pero no lo imita. Por esto mismo confunde todos los valores o mejor, no le preocupa carecer de una escala de estos. Todo lo contrario, la mejor actitud es negarlos, decapitarlos con el choteo, con la risa mostrenca del resentido, del desconfiado, del tímido, del oscuro vengador de su propia incapacidad de grandeza. Por esto viene a ser su humor, broma pueril y burda o choteo. Ambas se juntan en aquel acto universitario de unos jóvenes introduciendo un caballo en la sala de clases, o haciendo explotar petardos en el local de la Facultad.

Como ni la historia de su cultura, ni su educación como sistema de propósitos le ofrece una valiosa imagen de sí mismo como hombre o como nación, carece de impulsos y de metas; de ambiciones a las cuales aplicar su voluntad. Todo lo contrario, no le importa tener poco, hacer a medias lo que se propuso, con tal de ahorrar esfuerzos. Bien está la abundancia, la riqueza, si la buena suerte ayuda, nunca con el sacrificio de los buenos ratos de ocio, nunca corriendo sin aliento en busca de las cosas. El europeo que vemos amasando una fortuna habiendo llegado al país "en alpargatas", "con una mano delante y otra atrás", —según la realista expresión de nuestro pueblo— no mueve a envidia a nadie, ni a emulación. ¿Crear riqueza, levantar con enormes esfuerzos una empresa productiva, sacrificando horas de sueño, de ocio, de diversión, de charla, de comida? Sólo pensar que nuestro empeño ha de servir mejor a nuestros descendientes que a nosotros mismos, nos desalienta, nos quita el ánimo. Buscamos el éxito rápido, seguro, pero sin esfuerzo, aunque nuestro provecho sea limitado: tenemos sicología de pulperos, se ha dicho. Pero el pulpero es generalmente también un campesino con santo horror al ingrato trabajo de la tierra.

Lo que nos duele de todo esto es la cantidad de vida (humana creadora, sensible, abierta al don de ser y crecer, digna de mejor destino, que se pierde en un país al cual, como a este, le brotó el narcisismo idiota, la autocontemplación vacía, ya en los tempranos días de la independencia. Apenas habían asado veinte años de este suceso y ya un extranjero, 6 en periódico satírico de la época, se burla de la opinión vanidosa que tiene de sí mismo este país: único en el mundo —se dice— por sus bellas mujeres, su excelente clima, su riqueza bien distribuida, su paz arcádica. Pero si en algún momento antes esta insularidad y este narcisismo fueron útiles, significaron algo, ahora, al cumplirse los primeros ciento cincuenta años de autonomía política, (inminente ya un gran cambio en el mundo, determinado por el sentido solidario de la conducta humana y el reencuentro de sí mismo en la comunidad en la cual el hombre participa), estará bien que consideremos algunos de los datos más visibles en el haber y el deber del capital con que nuestra nacionalidad va a asociarse a la gran empresa de nuestro tiempo.

En el fondo, el resorte anímico más evidente de esta conducta, del carácter que venimos describiendo, es la insolidaridad, el egoísmo, la mutilación del sentido social de la existencia. El origen de este persistente rasgo está lejos en el tiempo, pero es claro. Los que han perseguido su estudio, todos, citan una y otra vez las frases desoladas de los gobernadores de esta Provincia de la Corona española: "Esta provincia está apartada de todo el comercio de vuestros reinos, y así se crían por estos montes sin ver otras gentes ni comunicarlos". (Informe del gobernador Chaves y Mendoza al Rey. 26 de abril de 1648). En 1719, la capital de la provincia, Cartago, con todo y su escudo de armas y su título regio de "Muy noble y leal ciudad", sólo alcanza a ser para el gobernador don Diego de la Haya Fernández 7 el más lamentable sitio del mundo americano: "En medio de las pocas casas con que se halla esta ciudad, son muchos menos los vecino que la habitan por tener sus haciendas en el campo en los contornos de ella, en las que ordinariamente residen por la suma pobreza del país, pues pasan de trescientas familias las que están en los campos, en casas de paja... y solamente vienen a la ciudad en los días festivos a oír misa siendo cierto que en los demás días apenas se hallan diez o doce hombres . . . La moneda corriente es el grano de cacao, sin que se conozca el real de plata en lo presente en toda ella, ni haberse podido descubrir de donde tuvo derivación el título de Costa Rica siendo tan sumamente pobre . . . razón porque cada vecino es preciso haya de sembrar y criar lo que ha de consumir y gastar en su casa al año, habiendo de ejecutar esto mismo el gobernador, porque de lo contrario pereciera . . ." Veinte años después, un nuevo gobernador agrega otros datos a este cuadro de miseria: "No hay escuela de niños, las calles están indignas, desempedradas, los vagabundos abundan, la ociosidad crece, la unión de los pobres para sus sementeras, para que el trabajo les sea más tolerable, no se excita, los ríos no tienen puentes. . ." Todavía en 1803, y en 1809, el gobernador Tomás de Acosta 8 nos revela que prevalece la situación denunciada desde 1684. —¡Un siglo y medio en que no ha pasado nada!—: ". . . de lo dicho se deduce que así por la pobreza de esta provincia como por su ningún comercio . . . no se hacen ni pueden hacerse abundantes siembras de los frutos de que es susceptible, porque el labrador, el artesano, el comerciante, el noble y el plebeyo, todos hacen sementera de lo que han menester para el sustento de sus familias". En una palabra, aislamiento del país, extrema pobreza generalizada, que elimina los estamentos sociales; aislamiento de todos entre sí, metidos cada uno en su hacienda, en su casa, en miseria; y en consecuencia, abandono de todo interés por la vida colectiva, en comunidad: ni escuelas, ni calles, ni estímulos al trabajo individual ni menos al colectivo, ni interés por la suerte de la ciudad, del grupo. Nada más allá de mi casa, mi hacienda, mi familia.

Si ya es síntoma grave que en 1648 se describa una sociedad paupérrima, es catastrófico que en 1809 la situación sea la misma, si se considera que tal cosa ocurre en el mismo momento en que las colonias españolas están conmoviéndose por el ascenso de la nueva clase, los criollos, ricos y poderosos, prontos a sacudir el pesado yugo de servidumbre económica a que los tiene sometidos la Madre España. Ah, pero es que en todas partes de América había encontrado el español lo que buscaba: minas para explotar, indios para trabajarlas. En nuestro miserable país, en cambio, nobles y plebeyos, —se lamentan los gobernadores—, acabaron por dedicarse a trabajar todos la tierra, y se volvieron labradores los señores. Hasta el burócrata gobernador se ve obligado a "criar y sembrar lo que había de gastar y consumir todo el año, pues de lo contrario pereciera". En una palabra, aquí la evolución identifico a todos en el mismo nivel de miseria. Miseria material, que acarrea la miseria cultural. Posiblemente lo que diferenciaba a algunos de todos los demás era su rango burocrático. Y quizá de aquí deriva el prestigio que esta ocupación estéril gana entre los costarricenses. ¡La estampa de perdonavidas que exhiben hogaño algunos de nuestros burócratas! Pero de ahí también la indiferencia, la desconfianza de nuestro pueblo hacia el valor de los estamentos militares, y su poquísimo respeto y frío reconocimiento de las jerarquías sociales. Mas, también, sobre todo, su insolidaridad, su utilitarismo egoísta, sus hábitos de pobre con su orgullo de pobre pero sin amos. Ni la costumbre del boato, ni la insolencia nobiliaria del español, ni el ánimo guerrero u opresivo contra el indio, ni la condición humillante de las masas esclavizadas, aunque sí hubo como era usual en la época, servicio de esclavos indios y negros hasta bien entrado el siglo XIX. No pudo establecer la gran tradición religiosa, política, cultural, a la española, con ostentación de borlas y vestiduras, de grados y prebendas, de las catedrales barrocas, de los salones coloniales, de la universidad medieval, vivientes en virreinos y capitanías generales esparcidos por América, a veces más pretensiosos que la misma Corte española. Y con todo esto, desapareció también el espectáculo colectivo del baile y la canción popular tradicionales.

En tal estado de miseria material y cultural nos cayó como del cielo por lo inesperada, la independencia. Durante sus buenos quince años lucharon las familias aristocratizantes de la vieja capital colonial, Cartago, y su hija menor, Heredia, por defender el magro legado feudal de la Colonia, frente a la reciente pujanza económica y el claro sentimiento republicano de San José y Alajuela. Pero no les fue fácil a los republicanos lograr establecer la autonomía del nuevo Estado libre de Costa Rica. Mora Fernández, 9 lo mismo que Ramírez en su breve pero enérgico paso por el poder, y más lejos Carrillo se vieron obligados a menudo a tomar decisiones drásticas para imponer la autoridad central sobre el grupo de los que deseaban detener la historia, muchas disposiciones contra los sediciosos, —a veces se emplea el término de traidores—, y penas de muerte aplicadas perentoriamente, nos muestran que aunque el país no vivió la violencia sangrienta de las luchas por la independencia, para consolidar este bien sí tuvieron los primeros gobernantes que actuar en concordancia con el estado de revolución que se vivía. La necesidad de afirmar el cambio de las estructuras políticas imponía severas medidas. Claro que el método más comúnmente puesto en práctica por los próceres fieles al régimen caído era el de la intriga y el cabildeo. La intriga y el cabildeo, mas no el enfrentamiento claro de doctrinas, sigue siendo costumbre inveterada del costarricense. Y porque así nos gusta, pasamos por alto que aquel fue período de violencia revolucionaria. Todo cambio requiere medidas heroicas. No le tembló la mano al bondadoso y civil Juan Mora Fernández para firmar la sentencia de muerte contra el sedicioso realista español Zamora, ni a Gregorio José Ramírez durante su dictadura relámpago de diez días, ni a Braulio Carrillo, durante su enérgica administración, para suscribir penas de confinamiento y deportación contra los enemigos de la independencia del nuevo Estado. Aquí también se polarizó la lucha entre patriotas y realistas o imperialistas; pero la lucha, en fin de cuentas, fue incruenta. Los intereses económicos y de clase, sí existían, pero el grupo de los conservadores era débil, y si obtenía éxitos en la triquiñuela política alguna vez, salía siempre derrotado cuando tenía que enfrentarse a las armas y la decisión de los líderes liberales.

En realidad, las actitudes de unos y otros, eran más bien atizadas y puestas al rojo por influencias foráneas. Los viejos costarricenses no sentían arder las pasiones feroces que mantenían en estado de anarquía permanente a los demás países. Por esto las batallas campales terminaban las más de las veces en sainetes. También por esto, desde el principio, todos aquellos hombres, formados en el pensamiento de la Ilustración, agitaban sólo una mágica palabra: las luces, el conocimiento racional. No se había terminado todavía el año 21, y ya estaba listo el que con riguroso lenguaje del siglo XVIII se llama Pacto social fundamental interino de Costa Rica, también llamado de significativo modo, Pacto de Concordia. Los corazones juntos, aunque las ideas sean distintas. Y luego, inmediatamente, a fundar escuelas. La situación en que el nuevo estado democrático hallaba la cultura del pueblo, requería cuidados urgentes. Un licenciado elocuente, culto, intrigante, republicano, indeciso, ambicioso y hábil político, nicaragüense por más señas, 10 parece que hizo por esas fechas un juicio amargo sobre el estado de cultura en que los próceres iban afrontar las responsabilidades de la independencia. "El costarricense es ignorante por costumbre". En la joven ciudad de Alajuela apenas había seis personas que supieran leer. El nuevo régimen requería el rápido establecimiento de escuelas. Y así fue como este país vio asociarse milagrosa y dramáticamente, a la idea democrática, y al sentimiento de la libertad, la doctrina de la educación para todos. No arrastraba el país el fardo y fárrago de una tradición cultural asociada al dominio de una clase. La escuela fue de esta manera pensada de una vez como escuela de todos, para todos, sin distinciones, sin discriminaciones por razón del nacimiento o la fortuna. De aquí parte la forja de nuestra democracia en la sala de clases. Apenas empieza a ejercer el poder el primer Jefe de Estado, y ya está ahí el proyecto de establecer casas de enseñanza en todos los municipios; escribe: "En vano se decreta la libertad de los pueblos, la libertad de los individuos, la responsabilidad de los funcionarios, la división de los poderes, la igualdad, propiedad y seguridad. En vano se establece el Cuerpo Legislativo, si no se crían ciudadanos hábiles para el caso; ni Corte de Justicia, ni Poder Ejecutivo, si no hay individuos de qué componerlos y si en la masa de los pueblos de cuyas opiniones depende el acierto de aquellos, no se riega anticipadamente la semilla de las luces, que las han de producir". Y así echa a andar por la historia un nuevo Estado en el mundo. Bajo el signo de progreso de la escuela, que pronto será declarada común, gratuita y obligatoria en su nivel primario o elemental. Pobre pero libre; aislado, pero dispuesto a ganar su relación con las riquezas del mundo manejando un producto milagrosamente aparecido con la independencia: el café; ignorante, en fin, pero con la voluntad de levantarse como empresa cultural moderna, en nombre del pueblo.

Durante esta primera mitad del siglo XIX, tan decisiva para el destino de nuestra historia, va a nacer y va a llegar a determinar las características esenciales de nuestra cultura y nuestra política una oligarquía agraria mercantil, una especie de burguesía rural imbuida primero del racionalismo dieciochesco y luego del positivismo y utilitarismo del siglo XIX. Hay que imaginarse a aquellos políticos de la primera mitad piel siglo pasado en un trabajo como este: hacer o escuchar largos raciocinios o fogosos discursos en que se expone por todo lo largo la filosofía política del momento; leer los más recientes acuerdos del gobierno federal; 11 o leer los tratados políticos de los franceses, de los ingleses, de algún español, sobre las formas de gobierno y sus diferencias; o comentar las noticias que llegan de los demás países americanos, que mezclan nombres de generales rebeldes, presidentes depuestos, traidores ejecutados... En la sobria sala del Ayuntamiento empieza luego la labor de legislar para un país sin tradición intelectual ninguna. Están empezando a crearla. Todo en frío, en abstracto. Sólo la resistencia de algunos curas a aceptar los nuevos principios; o la actitud recalcitrante de algunos aristócratas de Cartago, levanta obstáculos doctrinarios prontamente abatidos. Es tiempo de definición de principios. A propósito de cada suceso, problema, obstáculo o duda, se esgrime una larga y especiosa argumentación doctrinaria. Los que gobiernan aplican un extraordinario poder de intuición política, pero también mantienen bien afinados los cauces lógicos de pensamiento. Por el origen de su cultura en el siglo XVIII y por la naturaleza de las actividades económicas a que viven entregados, esta burguesía naciente trae consigo una actitud eminentemente racionalista; su lengua es conceptual, y su estilo de gobierno estrictamente legalista. De este principio viene el estilo memorialesco de nuestra cultura, su formalismo jurídico y nuestra expresión hasta hoy en manos de abogados, leguleyos y sofistas. Recordemos, a propósito, que de la vieja Universidad de Santo Tomás, al cabo sobrevivió solamente la Facultad de Leyes junto a la Escuela de Farmacia. El farmacéutico es la primera instancia médica en nuestros pueblos. Pero es la presencia del licenciado en leyes y no la del general, en nuestra historia, la que forja un país profundamente respetuoso de la ley y del poder civil. Y por encima de todo, está la importancia que para gobernantes y gobernados adquiere la educación, la escuela, que evoluciona dentro de ese mismo carácter, —escolástico y formal— hasta hoy.

A fines del siglo XIX, una generación joven, de ideología liberal, rigurosamente laica, irrumpe en nuestra historia, resuelta a modernizar el Estado, que arrastraba muchas vejeces coloniales. Mientras otros trabajan en distintos campos, el reformador liberal de nuestra enseñanza, don Mauro Fernández, planeará sustituir de cuajo la decrépita Universidad de Santo Tomás, por otra, dentro de la modernidad de un Instituto Politécnico. Era el momento mayor del positivismo, y don Mauro leía a Spencer, Stuart Mill, Comte. También es el momento de mayor despliegue de la poderosa oligarquía cafetalera. La misma que construye un monumento a su propia grandeza en el fastuoso edificio del Teatro Nacional: bronces, mármoles, terciopelos, espejos rococó de candelabros y pinturas, en medio de una aldea chata, de misérrimo aspecto, polvorienta, que es la San José de fines de siglo. Esa misma miope oligarquía asentada sobre el oro verde de sus cafetales, cuyos hijos podían darse el gusto de hacer sus carreras en las universidades europeas, se olvidó de la de Santo Tomás, y de la de don Mauro. Y así fue como durante cincuenta y tantos años en esta historiada democracia el hijo del pueblo apenas tuvo la posibilidad de asistir a una escuela primaria generalizada, ciertamente democrática y a un liceo que sólo abría camino a estudios universitarios que le estaban vedados por su misma pobreza. La insistencia de la clase dominante en mantener un ambiente de sencillez y trato campechano, oculta al mismo tiempo una actitud de profunda desconfianza de las ideas foráneas. Se atiene a sus propios prejuicios, costumbres, modo de sentir y pensar, dentro de un contexto socio-cultural de inmovilismo que se aprecia en nuestra historia política llena de vacía retórica y fórmulas recurrentes. Lo mismo se aprecia en la literatura y el arte, generalmente adocenados, —aunque con débiles y generalmente frustrados intentos de romper esa losa de prejuicios—, que se hace hasta en derredor de 1940.

Así se instala una moral terriblemente alienadora, que ha llegado a generar en el costarricense medio la búsqueda loca de seguridad a toda costa y el miedo cerval a todo cambio. Esta es la historia de todos los días. El joven, —sea político o artista— rebelde, original, ansioso de lo nuevo si es justo y necesario, tiene dos vías abiertas: o se instala pronto y cómodamente en el régimen, o se aísla, rechazado por el régimen. Se dice que en esta Arcadia, a nadie se le corta la cabeza: con bajarle el piso 12 basta. El régimen compra barato al político en cierne con un puesto de gerente, una diputación, una embajada, o lo somete al más severo de los ostracismos si insiste en su actitud inusitada de rebeldía e inconformidad. Los maestros y profesores son por lo general las más obsecuentes víctimas de tal estado de cosas. Trabajar en una empresa y soñar con la imposible gerencia es el máximo objetivo vital de nuestros jóvenes con buenas disposiciones intelectuales. Incluso, se ve usado este señuelo en la propaganda de algunas empresas.

Una etapa nueva de la cultura costarricense se abre cuando la vieja universidad de Santo Tomás vendría a cumplir un siglo. En 1942 se hace realidad en cierta forma el sueño de don Mauro: una universidad moderna surge de las cenizas de aquella. Ha perdido la advocación al Santo y ahora es solamente de Costa Rica. Y en seguida, los problemas se precipitan vertiginosamente, como en todo el mundo de esta segunda mitad del siglo XX. La población crece con ritmo trepidante en el Continente americano. Aumenta sin cesar la población joven de nuestro país. La escuela primaria y secundaria, lo mismo que la universidad, no alcanzan de ningún modo a llenar las perentorias necesidades de la educación. Con la derogatoria de las leyes llamadas liberales, que mantenían la escuela primaria y la enseñanza media bajo control del Estado, crece la enseñanza privada. La industria y el comercio en agudo desarrollo, generan una nueva clase gerencial, ambiciosa, sin principios, sin escrúpulos, dirigida sólo por la moral utilitaria. La educación privada en manos de religiosos tiende a fijar jerarquías económico-sociales. La nueva burguesía empresarial adopta un estilo ultra-conservador, apenas moderado por su moral pro-americana y liberaloide. Las contradicciones de la nueva situación del país generan desempleo, miseria, desnutrición, analfabetismo, aguda crisis habitacional, inflación, carestía, delincuencia. Desaparece la antigua fisonomía de nuestras ciudades, en las cuales veíamos en otro tiempo, al lado de la casita del obrero, del pequeño comerciante, del maestro, la casona, sobria y acogedora, del gamonal, del hombre de empresa, del profesional de fortuna. Ahora, crecen los barrios residenciales, exclusivos, se elevan los grandes edificios de bancos, tiendas, oficinas de monopolios privados, y se construyen en los suburbios las ciudades-satélite o "ciudadelas", complejos habitacionales para una clase media baja de burócratas mal pagados, maestros y obreros, y los barrios pobres son cada vez más ruinosos, y se ocultan por caminos imposibles hacinamientos miserables de los tugurios y los ranchos campesinos. Los partidos políticos tradicionales, cuya diferencia no está en la doctrina sino en el hombre y el grupo que les hace rueda, —"argolla" se llama a esto en el dialecto político costarricense—, se muestran incapaces para encarar los nuevos problemas. Recientemente, un ciudadano ha hecho caudal político con el demagógico grito de lucha contra la miseria extrema, y la masa campesina miserable y la urbana paupérrima han corrido a darle su apoyo. La masa, el pueblo, sin conciencia de sus problemas lo sigue esperando todo de la providencia encarnada en el político de turno, sin apenas idea de su situación de víctima dentro de una sociedad capitalista que administra el orden y la tranquilidad en beneficio de quien posee el poder económico. Todos los medios publicitarios sirven a esos intereses.

En la universidad, tímidamente, se desenvuelve ya un pensamiento crítico de esa situación político-social explosiva cuyas consecuencias se adivinan. Pero a veces, los mismos medios de comunicación al servicio del sistema imperante, intuyen el peligro. Uno de los periódicos más influyentes en la opinión pública, acaba de decir en su página editorial unas cosas significativas: "...Y son pocos los que protestan. Quizá, piensan algunos, en estos casos no se desquicia el régimen democrático. Al contrario, se fortalece. Quizá, opinan otros, la muerte de la democracia y el germen de la violencia provienen de fuera, nunca de dentro. De acuerdo con este modo de sentir y de opinar se creerá que los enemigos de la democracia son solo los extremistas, no los falsos apóstoles de la democracia, aunque estos creen poseer patente de corso". El editorial se produjo a raíz de una resolución arbitraria de los políticos de la Asamblea Legislativa.

Las voces de alerta, los gritos de protesta, ciertamente inorgánicos y débiles todavía, no inquietan a nadie. El costarricense de hoy como el de ayer, se asoma al mundo por la ventana apenas entreabierta de los medios de comunicación sometidos a los intereses de poderosos anunciantes. Como en ellos se le trasmite una imagen a la medida de lo que el Gran Jefe le interesa que se conozca en este mundo de tercera clase y como ha sido educado para sentir que vive en un país sin problemas, que hay que mantener aislado de la locura del mundo, nuestro hombre sigue durmiendo tranquilo el sueño de sentirse inmune al desconcierto del siglo, gozando del aire fresco, —"aire acondicionado", dicen las guías de turismo—, de esta isla fantasmal que es nuestra Meseta.



Notas:

1. William Walker (1824-1860), filibustero norteamericano que después de haberse apoderado de algunos territorios mexicanos y de haberlos convertido en repúblicas, pretendió conquistar Centroamérica. En 1856-1857 fuerzas centroamericanas frustraron sus intentos de convertir estas tierras en territorios esclavistas. Fue fusilado el 12 de setiembre de 1860, en Honduras.

2. Se refiere al Presidente Juan Rafael Mora Porras, fusilado el 30 de setiembre de 1860, en Puntarenas.

3. Rogelio Fernández Güell (1868-1918). Periodista que combatió el régimen de los Tinoco contra el cual encabezó un movimiento revolucionario improvisado por su idealismo, que fracasó. Fue asesinado en 1918.

4. Soldado adolescente: Juan Santamaría, el héroe epónimo de Costa Rica. Era el tamborcillo del ejército costarricense que combatía al filibustero William Walker. En la batalla del 11 de abril de 1856 incendió el edificio donde se encontraban las fuerzas filibusteras y gana con el sacrificio de su vida los laureles de héroe nacional. Al ofrecerse como voluntario para la hazaña dijo: "Yo iré, pero les encargo que no se olviden de mi madre". (Relato de José María Bonilla. Costa Rica Ilustrada, 15 de mayo de 1891; reproducido en Dobles Segreda, Luis. El libro del héroe. (San José Costa Rica: Imprenta Lehmann, 1926), p. 95. En Alajuela, su ciudad natal, se le levantó en 1891 un monumento que se considera como una especie de santuario del patriotismo costarricense.

5. Ramírez y Carrillo.

Gregorio José Ramírez (1796-1823). Exponente de la causa liberal y republicana que estructuró el Estado de Costa Rica en 1821. En su calidad de Representante por Alajuela suscribió el Pacto de Concordia. Luchó contra las ideas imperialistas de clase y porque se respetaran los deseos del pueblo a participar libremente en la política. En 1823 se vio improvisado jefe militar. A su nombre "hasta el indio pusilánime se había hecho un feroz guerrero" —declaró Santos Lombardo—. Vencedor de la batalla de Ochomogo; a causa de este triunfo, se traslada la capital a San José. Durante diez días ejerció el mando con drasticidad mientras los Ayuntamientos y las Asambleas populares reorganizaban al Estado. Enseñó el respeto que se debe a la opinión pública y a las instituciones garantes del orden y de la libertad. Fue desinteresado y gran patriota. Se le conoce como el "Restaurador de nuestra Independencia". Fue declarado Benemérito de la Patria en setiembre de 1971. (Ver Pérez Zeledón, Pedro. Gregorio José Ramírez), San José, Costa Rica: Editorial Costa Rica.

Braulio Carrillo (1800-1845). Hombre enérgico y dinámico. Había estudiado leyes. Jefe de Estado de 1835 a 1842. Verdaderas transformaciones se produjeron en esta época. Como estadista estructuró el Estado costarricense y logró la unidad nacional y sacar a Costa Rica de la anarquía y de la desarticulación. En 1838 declaró que "Costa Rica asumía la plenitud de su soberanía y formaba un Estado libre e independiente". En 1841 dio un paso torpe: se declaró Jefe vitalicio y, en 1842, fue derrocado. Murió asesinado en 1845, en El Salvador. Fue declarado Benemérito de la Patria en 1971. (Véase Francisco M. Iglesias, Braulio Carrillo; Tributo patrio. San José, Costa Rica: Editorial Costa Rica, 1971).

6. Se refiere a Adolphe Marie, periodista francés que radicó en nuestro país entre 1848 a 1856. Fundador del primer hebdomadario satírico costarricense, El Guerrillero (1850), desde el cual, con espíritu volteriano critica no sólo a la sociedad y costumbres costarricenses sino que, también, las intenciones federales, la anarquía, la violencia, la dictadura y robustece el naciente sentimiento de nacionalismo. Después redactó La Gaceta Oficial, El Eco de Irazú y otros periódicos. Fue colaborador íntimo del presidente Juan Rafael Mora, a quien sirvió como subsecretario de Relaciones Exteriores y enviado especial ante las cortes de Inglaterra y Francia en 1855. Murió en mayo de 1856, al servicio de las tropas costarricenses que luchaban contra William Walker. (Ver Jeannette Bernard Villar. Adolphe Marie, un periodista francés en Costa Rica; 1848-1856. Tesis presentada a la Universidad de Costa Rica para obtener el diploma de Licenciada en literatura y civilización francesa, 1971).

7. Diego de la Haya Fernández (1675-¿1739?)- Gobernó a Costa Rica de 1718 a 1727. De gran cultura y espíritu progresista e ilustrado. (Ver Chacón de Umaña, Luz Alba. Don Diego de la Haya Fernández. San José, Costa Rica: Editorial Costa Rica, 1967).

8. Don Tomás de Acosta (1774-1821). Fue uno de los gobernadores de Costa Rica más progresistas. (1796-1810). Auténtico ilustrado. Se le tiene como el verdadero introductor del café en Costa Rica, un cantón de la provincia de San José fue bautizado en su honor. (Ver Estrada M., Ligia M. La Costa Rica de don Tomás de Acosta. San José, Costa Rica: Editorial Costa Rica, 1966).

9. Juan Mora Fernández (1784-1852). Primer Jefe de Estado, de 1824-1833. Se distinguió por su tono patriarcal, comprensivo, inteligente, bondadoso y al mismo tiempo enérgico. Se preocupó por la enseñanza y en hacer progresar a Costa Rica en todo sentido. Durante su segunda administración llegó al país la primera imprenta y se publicó el primer periódico costarricense llamado Noticioso Universal.

10. Se refiere al bachiller Rafael Francisco Osejo, primer rector de la Casa de Enseñanza Santo Tomás. Primer profesor de filosofía en Costa Rica. El liberalismo costarricense surgió con Osejo como abanderado. Autor de las primeras obras didácticas escritas en nuestro país. (Ver Zelaya G., Chester, El bachiller don Rafael Francisco Osejo. San José, Costa Rica: Editorial Costa Rica, 1971). Y, Láscaris C, Constantino. Desarrollo de las ideas filosóficas en Costa Rica. (San José, Costa Rica. Editorial Costa Rica, 1964), pp. 50-58.

11. Costa Rica estuvo incorporada a la República Federal de Centroamérica, de 1824 a 1838. (Ver Facio, Rodrigo. La Federación de Centroamérica; sus antecedentes, su vida y su disolución. San José, Costa Rica: ESAPAC, 1957).

12. Expresión acuñada por la novelista Yolanda Oreamuno, para designar el espíritu mediocratizante del intelectual costarricense. (Ver Oreamuno, Yolanda. A lo largo del corto camino. San José, Costa Rica: Editorial Costa Rica, 1961), p. 19.

(Notas de Luis Ferrero, 1971)






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