domingo, 8 de diciembre de 2013

656.- La muerte de NELSON MANDELA

                                              HANS GEDDA (CORDON PRESS)
  


NELSON MANDELA


Fallece el primer presidente negro de Sudáfrica y el hombre clave contra el 'apartheid'

MARTA RODRÍGUEZ Johanesburgo 6 DIC 2013

“Siempre te querremos, Madiba. Descansa en paz”. Nelson Mandela murió anoche en su casa de Johanesburgo, después de casi seis meses ingresado en hospital de Pretoria. Más que un hombre, Sudáfrica perdió ayer a “un padre”, al “hijo más grande”, anunció el presidente, Jacob Zuma, en un discurso televisado a toda la nación desde los Union Buildings, la sede del Gobierno en Pretoria. La muerte de Mandela se produjo hacia las 20.50 hora local (una menos en la Península). “Mandela se ha ido en paz y rodeado de su familia”, informó un Zuma visiblemente afectado, que anunció que todas las banderas del país lucirán a media asta hasta el día del funeral. Con Mandela no sólo muere un hombre, un presidente sino que se va un icono y símbolo de la paz y de la reconciliación a nivel global.

Y Sudáfrica no quiere ahorrar en protocolo para despedirle. Madiba, como se le conoce en el país, tendrá un funeral de Estado, previsiblemente el próximo 14 de diciembre, en el que con toda seguridad asistirán las más altas representaciones políticas, sociales y culturales de todo el mundo. Mandela no era un santo, como él mismo no se cansó de repetir ante los elogios que casi lo elevaban a los altares, pero ya en vida pasó a la historia mucho más allá del hombre.

Zuma tuvo palabras de cariño para su extensa familia, empezando por su mujer Graça Machel, su exesposa Winnie, sus tres hijas, nietos y bisnietos, olvidando los disgustos que el clan ha dado al Gobierno al airear sus diferencias y trapos sucios en público. Unas disputas que han enrojecido a los sudafricanos, acusando a los parientes de no respetar la memoria de su padre.

Tres años y medios hacía que el viejo presidente no aparecía en público, desde el final de la Copa del Mundo de Fútbol, en julio de 2010. Pero Mandela ha continuado estando presente en la vida política y social del país. No hay nadie que no se reclame heredero de su legado, quien no apele a su imagen para recaudar fondos para proyectos sociales que diluyan las sangrantes desigualdades sociales que aún hoy coinciden mayoritariamente con las raciales. Mandela no ha podido ver, por ejemplo, ni empezadas las obras del hospital infantil que llevará su nombre por falta de fondos. En cambio, ha construido una fundación muy activa no sólo en recordar su espíritu sino en promover campañas solidarias, como el Día Mandela, en el que anima a dedicar 67 minutos a actos en favor de la comunidad.

Mandela deja huérfana a una Sudáfrica y se va en vigilias de que el país celebre el 20 aniversario de la democracia que tanto ayudó a conseguir. “Hemos perdido al más grande de sus hijos, como el hijo que pierde a su padre”, afirmó Zuma, al tiempo que señalaba que no sólo es una pérdida para el país sino que su adiós será sentido con el mismo dolor en todo el planeta. “Su humildad, su compasión, su humanidad le hizo ganarse el cariño de millones de personas de todo el mundo”. Un ejemplo de ello es que apenas se comunicó oficialmente la muerte en Pretoria, en Washington el presidente Obama daba cuenta de su pesar.

No por esperada, la muerte de Mandela será menos dolorosa, aseguró el presidente Zuma. Hace meses que se especulaba sobre el desenlace inminente, a veces alimentado por los comentarios de la propia familia de Madiba. Ayer por la tarde, los periodistas que desde que el pasado 1 de septiembre quedó ingresado en su casa de Johannesburgo estaban haciendo guardia, dieron la voz de alerta. Demasiados coches oficiales y de policía una inusual reunión familiar en el interior del domicilio en una horas intempestivas para visitar a un enfermo. Esta vez no eran rumores. La confirmación llegó media hora antes de la medianoche.

De hecho, el miércoles por la noche empezaron a correr comentarios de que el Gobierno había suspendido actos oficiales previstos para finales de la semana que viene a la espera del funeral de Mandela. Lo que parecía una nueva ola de rumorología fue un avance de lo que pasaría horas después. En seguida, decenas de ciudadanos se acercaron al barrio de Houghton para dar tributo al político que lideró la transición democrática sin apenas violencia.

Y esa unidad que Mandela pidió en vida, tan sólo poner un pie en el suelo después de estar 27 años preso, la volvió a pedir el presidente Zuma. Tras dos décadas de democracia, Sudáfrica ha conseguido pocos símbolos que una a todas las razas que conviven. Mandela es uno de ellos. Por eso, Zuma reclamó “unidad” para “despedir” a Madiba.

Muestra de que los sudafricanos van a volcarse en los actos fúnebres fueron las muestras espontáneas ante su casa. Ciudadanos con banderas sudafricanas, entonando canciones tradicionales africanas en señal de respeto, familias enteras con niños en pijama, aprovechando las temperaturas agradables del verano austral y las vacaciones escolares. La Sudáfrica del arcoíris, la de todas las razas coincidieron de nuevo ante la casa en que Mandela acababa de fallecer..

Madeleen Engelbrecht, una ingeniera afrikáner, aseguró anoche estar “consternada” y explicó que se temió “lo peor” cuando la radio de su coche cortó la emisión para dar una última hora. “Me parece mentira, aunque ya estaba muy mayor, me da mucha pena”, admití mientras mostraba su emoción acariciándose los brazos.

Con Mandela se va el “padre de la nación”, el líder que reconcilió un país que durante siglos, en el colonialismo y el apartheid, vivía discriminando a los no-blancos. Nadie como él para pedir a su gente que fuera generoso con los blancos. Él que había estado condenado por traición a cadena perpetua y pagó su lucha por la igualdad con 27 años de cárcel. Un profeta en su tierra.


NELSON MANDELA 1918-2013

Tras las huellas de Nelson Mandela

La leyenda del expresidente de Sudáfrica y Premio Nobel de la Paz, Nelson Mandela, comenzó en la aldea de Qunu
Muere Nelson Mandela, el hombre que liberó a la Sudáfrica negra

JAIME VELÁZQUEZ Qunu 5 DIC 2013 

“La aldea de Qunu se encuentra en un valle cubierto de hierba, cruzado por arroyos claros, sobre el que se ciernen verdes colinas. Está habitado por un centenar de personas que viven en cabañas de barro, con una pértiga que sostiene un techo cónico de paja”. Así describía Nelson Mandela la aldea de Qunu en 1920, y esta es la misma imagen que el visitante obtendrá al llegar a esta localidad, casi cien años después, tras las huellas de uno de los personajes más relevantes del siglo XX.

Solo la carretera principal está debidamente asfaltada, las casas circulares han cambiado sus techos de paja por planchas de metal, pero los animales continúan invadiendo la calzada como hace un siglo.

Un viaje en el que la guía es su propia autobiografía, El largo camino hacia la libertad, donde se describen los lugares clave de su infancia y las experiencias que marcaron su carácter de tenacidad, tolerancia y reconciliación que le han convertido en un icono global.

La comarca de Qunu es el escenario de los primeros capítulos de la leyenda de Nelson Mandela, y el lugar donde el expresidente sudafricano escribió también las últimas páginas de su vida.

Las asambleas de los jefes tribales inspiraron su modo de hacer política
Su figura inunda todos los rincones de la comarca, y en las shabeens, las tabernas de chapa y madera donde los ancianos beben la cerveza tradicional y los jóvenes juegan al billar a la espera de un empleo, todos aseguran ser familiares de Mandela. “Muchos en Qunu y Mvezo son de su mismo clan, pero es difícil que hablen de él. No están autorizados por la familia”, asegura Fumanekile Wisani, jefe de prensa del Museo de Mandela en Qunu.

El líder antiapartheid mandó construir en Qunu la residencia donde más tarde decidiría pasar su retiro. El chalet es una réplica de la casa-prisión de Victor Verster, en la que vivió durante dos años hasta su liberación en 1990. Las autoridades le enviaron allí para facilitar las conversaciones que acabarían con el desmantelamiento del régimen seis años más tarde. “Supongo que fue el único hogar que tuvo; su primera casa en más de 25 años” recluido en las celdas de Robben Island y Pollsmoor, afirma su nieto Ndaba Mandela.

“Es admirable que un gran hombre como él decidiera que este museo se instalara aquí. Después de viajar por todo el mundo, regresó aquí a devolver todo eso. Podría haber decidido ubicarlo en la ciudad, pero él entendió que el museo podría ser una herramienta de desarrollo para esta comunidad”, afirma el jefe de prensa del museo.

Phiko, guía del museo, recuerda el día en que Mandela visitó Qunu por primera vez tras salir de la cárcel en 1990, después de 27 años de cautiverio por su oposición al apartheid, el régimen racista impuesto por la minoría blanca sudafricana hasta las elecciones de 1994, que le convirtieron en el primer presidente negro del país.

“Todo el pueblo salió a recibirle. Venía acompañado por la policía. Yo tenía 9 años. Recuerdo que volví corriendo a casa a decirle a mi madre ‘¡Mandela está aquí!’ y ella me dijo que era imposible, que estaba en la cárcel”, recuerda. “Si eres de Qunu creces con la historia de Mandela; te la cuentan tus padres, tus profesores. Nos decían que Mandela, un hombre de Qunu, estaba en la cárcel luchando por la libertad, y que debíamos perseguir nuestros sueños, como había hecho Madiba”.

El viaje tras las huellas de Mandela parte de lo alto de la colina del museo que lleva su nombre en Qunu, y desde donde se contempla el valle donde Nelson Rolihlahla Mandela pasó “los mejores años de su vida”, según reconoce en su biografía.

Unos postes de madera en el recinto de la iglesia marcan el lugar donde se encontraba la primera escuela a la que asistió y en la que recibió su nombre cristiano, Nelson, de los labios de su maestra, la señorita Mdingane.

Más abajo, en el fondo del valle, junto a la casa familiar, se distingue el pequeño cementerio de la familia, donde descansa su padre, el jefe Mphakanyiswa. Uno de lo pocos privilegiados que ha tenido acceso al expresidente en los últimos años de su vida es Zanomthetho, jefe tradicional de Mqhekezweni, la localidad a la que Mandela fue enviado a los 9 años, tras la muerte de su padre para ser educado por Jongintaba, el regente del reino Thembu. Nelson recibió allí las atenciones propias de los reyes africanos junto al hijo del regente, Justice, el abuelo de Zanomtheto.

Conoció las tradiciones de su pueblo y también la educación occidental que le permitió acudir a la universidad y abrir más tarde el primer bufete de abogados negros de Johanesburgo.

Apenas quedan ya personas en Qunu que puedan contar de primera mano las historias de juventud del longevo Mandela. “La mayoría de las historias de aquel tiempo me las contó el propio Mandela, él fue quien me dio la mejor visión de quién fue mi tatarabuelo, Jongintaba, y mi abuelo, Justice”, explica Zanomthetho desde el salón de El Gran Lugar, la residencia oficial donde despacha los asuntos tribales.

“Cuidaban del ganado después de ir al colegio, y hacían deportes como boxeo y golf, y cosas de jóvenes como bailar. Dicen que ambos eran muy buenos bailarines. Eran realmente dos personas de clase alta para la época. Tenían incluso un coche; el tercer coche que perteneció a una persona negra en Sudáfrica”.

En el exterior permanece el gigantesco árbol donde se reunía el regente con su consejo, y el kraal (redil) desde donde el joven Mandela espiaba las asambleas de los hombres prominentes del reino Thembu, que inspiraron su manera de hacer política. “No era solo un hombre de Estado, era un hombre de tradiciones. No pertenece a Johanesburgo, pertenece a este lugar, a nosotros”.

Nelson Mandela se retiró a Qunu en su 93 cumpleaños, el 18 de julio de 2011, y solo abandonó la localidad de su infancia para someterse a exámenes médicos.

Sudáfrica recibió finalmente la noticia que todos trataban de evitar; la muerte de su héroe nacional, el hombre que supo sentar las bases de la convivencia racial en un país devastado por el recelo de décadas de segregación y desigualdad.

“Todos queremos escapar de eso. Pero sabemos que el tiempo de su muerte llegará, y solo nos queda honrar su memoria”, afirmaba el jefe Zanomthetho meses antes de su muerte. “Pero estoy muy contento y seguro, de que se marchará en paz, y se reunirá con su gente, con sus cuatro padres, tal y como dice nuestra cultura. Y sé que lo tendrá todo de esta nación, tal como merece”.



Las últimas 48 horas de Mandela

JOHN CARLIN Johanesburgo 7 DIC 2013

Fue 48 horas antes de que Nelson Mandela muriera, cuando el presidente de Sudáfrica, Jacob Zuma, recibió una llamada. Era el doctor de Mandela. Le informó de que la situación médica de Mandela se había deteriorado gravemente.

Zuma había recibido varios informes médicos desde que Mandela fue ingresado en un hospital de la capital sudafricana, Pretoria, en junio y devuelto casi tres meses después a su casa en Johanesburgo, donde había indicado que prefería pasar los últimos días de su vida. Pero este informe fue más alarmante que cualquiera de los anteriores. Zuma entendió que Mandela había entrado en la fase final de su larga agonía.

Mandela tenía un exceso de líquido en los pulmones, su punto débil desde los años en la cárcel, y había sucumbido a una infección: la circunstancia que los médicos más habían temido.

La mañana siguiente, el miércoles de esta semana, la esposa de Mandela, Graça Machel, empezó a llamar a miembros de la familia Mandela, distribuidos por toda Sudáfrica y en el exterior, para avisarles de que la hora había llegado y debían venir rápidamente a visitarle.

Machel, su tercera esposa y con la que fue más feliz, estuvo a su lado durante los 181 días que Mandela permaneció en la cama entre su ingreso en el hospital y su muerte. Le leía libros, sin tener muy claro si Mandela seguía lo que le estaba contando, y le cogía de la mano. Machel, una exministra de Educación de Mozambique, donde nació, y una mujer habitualmente muy participativa en foros internacionales relacionados con la salud pública en África, suspendió todas sus actividades oficiales durante el periodo de la enfermedad de su marido.

Ese mismo día, Maki Mandela, la hija mayor del expresidente, anunció que su padre estaba “en el lecho de la muerte”. Ya se sabía, pero el hecho de que pronunciara las palabras hizo saltar las alarmas entre la población sudafricana.

El jueves por la mañana empezaron a desfilar miembros de la familia de Mandela —hijas, nietos, bisnietos— por la casa del primer presidente negro de la historia sudafricana. Entraban en su habitación de dos en dos y en casi todos los casos salían llorando.

Mandela había estado conectado a aparatos que le ayudaban a respirar durante la mayor parte de su enfermedad. Pero ya ni la ciencia podía ayudarle. Los médicos explicaron a los familiares que ya no había nada más que hacer. Mandela se iba. Este era su último adiós.

Ministros del Gobierno llegaron al atardecer y también miembros de la tribu ancestral de Mandela, los Thembu, para llevar a cabo una antigua ceremonia que concluye cerrando los ojos de la persona cuya alma se va. A las 20.50 del jueves, Mandela, que había cumplido 95 años en junio, murió.

La sorpresa fue que hubiese aguantado tanto. Durante su último viaje al extranjero en 2008, para asistir a unos festejos en Londres para celebrar su 90 cumpleaños, ya se veía que le costaba andar y que no estaba en plena posesión de sus facultades mentales. La memoria ya le había empezado a fallar. La última vez que se le vio en público fue antes de la final de la Copa del Mundo de Fútbol en julio de 2010 en Johanesburgo, cuando apareció en el estadio en una silla de ruedas. De ahí en adelante pasó la mayor parte de sus días sin levantarse de la cama.

Durante los últimos meses apenas había podido decir una palabra. Personas cercanas a él cuentan que respondía a presión con presión, por ejemplo cuando se le tocaba la mano, y a veces seguía los movimientos de la gente que le rodeaba con los ojos. Pero poco más.

Murió en su cama, rodeado de su familia. Poca gente, sin excluirle a él, se lo hubiera imaginado en 1961 cuando fundó el movimiento armado del Congreso Nacional Africano, cuyo primer líder fue él mismo. En el juicio que le hicieron en 1964, el fiscal del Estado pidió la pena de muerte. Sospechando que este sería el veredicto final del juez, Mandela dio su famoso discurso ante el tribunal en el que declaró que “si fuera necesario” estaba dispuesto a morir por la causa a la que había dedicado su vida, la democracia y la libertad para su pueblo.

Al final fue condenado a cadena perpetua, pero durante los 27 años que estuvo en la cárcel, otros importantes dirigentes políticos negros fueron asesinados por el aparato de seguridad del apartheid, y cuando Mandela emergió de prisión en 1990 la pesadilla siempre fue que algún fanático de la extrema derecha lo asesinara, lo cual hubiera acabado con el sueño de remplazar el apartheid con una democracia estable y condenado al país al caos perpetuo.

Hoy Sudáfrica está lejos de la utopía, pero se evitó la guerra racial que muchos —con mucha razón— temían, y ahora, por más carencias que exhiba el Gobierno del presidente Zuma, el pueblo vive en democracia y en paz. Este domingo, en todo el país, creyentes y no creyentes participarán en servicios religiosos para conmemorar la figura de Mandela y para dar las gracias por la existencia en la tierra de un hombre sin el cual la democracia y la paz en Sudáfrica —en su día el país más divido del planeta— sencillamente no hubieran sido posibles.




“Su paso por la cárcel fue crucial”

DESMOND TUTU 6 DIC 2013 

Durante 27 años, solo conocí a Nelson Mandela por su reputación. Le había visto una vez, a principios de la década de 1950, cuando vino a mi escuela de formación del profesorado para actuar como jurado en un concurso de debate. La siguiente vez que lo vi fue en 1990.

Cuando salió de la cárcel, muchos temían que se hubiese convertido en un ídolo con pies de barro. La idea de que podría hacer honor a su reputación parecía demasiado buena para ser cierta. Corría el rumor de que en el Congreso Nacional Africano (CNA) algunos decían que era mucho más útil en la cárcel que fuera.

Cuando salió, se produjo el más extraordinario de los hechos. Aun cuando muchos miembros de la comunidad blanca de Sudáfrica seguían tachándolo de terrorista, él intentó entender su postura. Sus gestos resultaban más elocuentes que las palabras. Por ejemplo, invitó a su carcelero blanco como vip a su investidura como presidente e invitó a comer al fiscal del proceso de Rivonia.

Poseía una empatía increíble. Las concesiones que estuvo dispuesto a hacer fueron asombrosas”
Estos fueron actos de una magnanimidad increíble. El fiscal había puesto un gran empeño en conseguir la pena de muerte. Mandela también invitó a las viudas de los dirigentes políticos afrikáneres a la residencia presidencial. Betsie Verwoerd, cuyo marido, H.F. Verwoerd, fue asesinado en 1966, no pudo asistir porque no se encontraba bien. Vivía en Oranje, donde única y exclusivamente los afrikáneres se congregaban para vivir. Y Mandela lo dejó todo y se fue a tomar el té con ella, allí, a aquel lugar.

Poseía una empatía increíble. Durante las negociaciones que condujeron a las primeras elecciones libres, las concesiones que estuvo dispuesto a hacer fueron asombrosas. El jefe Buthelezi quería esto y lo otro, y a cada petición concreta Madiba respondía: sí, está bien. Le molestaba que en el CNA muchos afirmasen que Inkatha no era un movimiento de liberación genuino. Incluso dijo que estaba dispuesto a prometerle a Buthelezi un puesto de alto nivel en el Gobierno, cosa que no había debatido con sus compañeros. Lo hizo para asegurarse de que el país no se sumiese en un baño de sangre.

De los afrikáneres afirmó: se puede entender fácilmente cómo deben de sentirse. Se acercó a ellos utilizando el símbolo del rugby sudafricano, la gacela, que era vilipendiado por muchos negros por considerarlo el símbolo del poder afrikáner.

El rugby era el deporte de los blancos, especialmente de los afrikáneres, y el golpe maestro de Mandela en la final de la Copa del Mundo consistió en entrar con aire resuelto en el campo llevando la camiseta con la gacela. Casi cualquier otro dirigente político habría parecido torpe, pero él supo llevarla con aplomo. El estadio entero, que probablemente era blanco en un 99%, y en su mayoría afrikáner, estalló en gritos de "¡Nelson!, ¡Nelson!". Fue extraordinario. ¿Y quién habría imaginado que en los distritos segregados celebrarían una victoria en el rugby?

Naturalmente, llegué a verlo enfadado. Pero su enfado nunca se impuso a su paciencia o a su capacidad de perdonar”
Naturalmente, llegué a verlo enfadado. Tras la masacre de Boipatong, en 1992, en la que murieron 42 personas, el CNA se retiró de las negociaciones y él estaba bastante furioso. Afirmó que los servicios secretos habían advertido a F.W. De Klerk de que algo malo iba a pasar, de que las fuerzas de seguridad estaban en connivencia con Inkatha. Yo no sé si De Klerk hizo caso omiso de esa advertencia. Madiba afirmó que estaba claro que las vidas negras no significaban nada.

En otra ocasión, me dijo que cuando él y De Klerk estaban en la ceremonia de entrega del Nobel de la Paz en Oslo, algo le había molestado mucho. Había un grupo cantando Nkosi Sikelel' iAfrika, considerado el himno de la lucha por la liberación, y De Klerk y su esposa hablaron mientras el grupo cantaba; no mostraron respeto.

Pero su enfado nunca se impuso a su paciencia o a su capacidad de perdonar. La gente dice: miren lo que ha logrado durante sus años de gobierno; qué desperdicio fueron esos 27 años en la cárcel. Yo sostengo que el tiempo que pasó en la cárcel fue necesario porque, cuando lo encarcelaron, estaba enfadado. Era relativamente joven y había sufrido una injusticia; no era un hombre de Estado, dispuesto a perdonar: era el comandante en jefe del brazo armado del partido, que estaba muy dispuesto a usar la violencia.

Ese tiempo en la cárcel fue absolutamente crucial. Claro está que el sufrimiento amarga a algunas personas, pero ennoblece a otras. La cárcel se convirtió en un crisol en el que se quemó y eliminó la escoria. La gente nunca pudo decirle: "Lo que usted dice sobre el perdón es pura palabrería. Usted no ha sufrido. ¿Qué sabrá usted?". Esos 27 años le invistieron de autoridad para poder decirnos que intentásemos perdonar.

Cualquiera que se convierte en un líder sabe que esta es la referencia. Y debe preguntarse a sí mismo cómo estar a la altura”
Uno de los mayores traumas de su vida fue lo que sucedió entre él y Winnie. La quería de verdad. Poco después de que saliera de la cárcel, los invité a una comida xhosa. Y sentados ahí juntos, parecía imposible imaginar que hubiera dos personas más enamoradas. La herida era profunda. Es maravilloso que encontrase a Graça. Pero uno siente cierta tristeza, porque Winnie tuvo que pasar por muchas cosas, y habría sido un final perfecto para ese cuento de hadas que hubiesen sido felices por siempre jamás.

El homenaje más adecuado para Nelson Mandela es convertir en un éxito aquello que él ayudó a instaurar. Él dejó claro que, en última instancia, nadie es indispensable. Era muy dado a recalcar que él era un miembro leal del CNA y que nadie estaba por encima del movimiento. Pero, por supuesto, nosotros lo sabemos bien.

Cualquiera, en cualquier lugar del mundo, que se convierte en un líder sabe que esta es la referencia. Y debe preguntarse a sí mismo cómo estar a la altura.

Desmond Tutu es arzobispo (anglicano) emérito de Ciudad del Cabo y activista de los derechos humanos.

© Guardian News and Media, 2013.

Traducción de News Clips.

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